
Hace aproximadamente 25 años, construí en nuestra casa una tapia alrededor de todo el jardín trasero, porque nos robaban la ropa tendida.
Hace, más o menos, 15 años construí una tapia delantera porque nos saqueaban los vehículos y les quebraban los vidrios.
Hace cinco años tuve que pasar el nuevo medidor eléctrico dentro de las rejas de la verja, pues se robaron el anterior y debió ser repuesto por la Compañía Nacional de Fuerza y Luz.
Hace dos años debí poner alambre navaja sobre las verjas pues los maleantes se las saltaban y le robaban al vecino, pues ya nosotros contábamos con otros medios de defensa.
Hoy, estando con el portón abierto, no me asaltaron, pero un individuo, en un pickup , se detuvo para pedirme dinero para ponerle gasolina a su vehículo. ¡Vaya descaro!
Decía el sacerdote en su homilía, que lo que ocurre es que la educación nacional no hace su labor social como lo hacían nuestras maestras, sino que es numérica y deshumanizada, aunque en nuestro florido vocabulario se hable de privados de libertad, en lugar de presos.
El estudiante pasa si obtiene un siete. De lo contrario se queda. O se diseña una curva para que la nota mínima sea seis y medio y pase, no otro grupo, sino otro puño. Entonces enseña a los jóvenes a ser cosas. Algunas se esas cosas no tienen espíritu de lucha. Son zombis deambulando por la vida sin rumbo y esperando dádivas de otros o de “papá Estado” que todo lo puede, pero que es propenso a quejarse de su pobreza, cuando la realidad es que, contando con todo el tiempo del mundo, no puede organizarse internamente por la inmensa masa improductiva que soporta junto a los pocos buenos empleados que logran sobrevivir.
De ahí parte la desfachatez tica, de la falta de educación y de tenacidad. Somos un puñado de “polos” con ínfulas de grandeza. ¿Quién nos sacará de tal engaño?