La civilización occidental debe reflexionar con detenimiento, serenidad e independencia de prejuicios milenarios sobre una serie de aspectos esenciales de la vida humana en la actualidad, como los avances de las ciencias médicas (biotecnología e ingeniería genética); el control de la natalidad por medios científicos y no por simple abstinencia –procedimiento perjudicial para la estabilidad psíquica–; la tolerancia hacia otros credos y doctrinas; la “no injerencia” en asuntos estatales y jurídicos; el celibato de los oficiales de la iglesia, etc.
En lo último, continúa una inflexibilidad que llega a los límites o predios de lo irracional. Las excomuniones siguen estando a la orden del día, como si aún estuviéramos en la Edad Media, que es uno de los períodos de mayor fanatismo, obscurantismo y crueldad, sobre todo al ser creados, a principios del siglo XIII, por Inocencio III, los Tribunales del Santo Oficio (Inquisición), para controlar la herejía, la sexualidad, la disciplina en todos los órdenes de la vida, con una dictatoriedad que la humanidad no había conocido desde miles de años atrás, en la civilización egipcia (tan admirable en casi todo) con la teocracia faraónica. Desde que el emperador romano Teodosio el Grande acogió al cristianismo como la religión oficial y única del Imperio, pocos años antes de morir en el 395 d. C., la Iglesia Católica inició una trayectoria religiosa y política cargada de soberbia y autoritarismo, que no ha cesado hasta hoy, pese a que la concepción laica del Estado moderno –uno de los buenos frutos del liberalismo– ha atenuado en alguna medida la autocracia teológica.
Ayuda psicológica. Recientemente, La Nación nos ha informado sobre el escándalo de la excomunión de varios obispos norteamericanos por estar casados. La excomunión y la causa de ella son ridículas por obsoletas. Para el Vaticano –para la mentalidad de tradición milenaria que implica– el sexo sin matrimonio y con preservativo es diabólico, como el matrimo- nio homosexual, pese a que es un derecho universal que debe reconocerse jurídicamente a tantos seres humanos que en todas las sociedades tienen esa tendencia íntima y son ciudadanos dignos y respetuosos. El matrimonio de los sacerdotes, que sanearía el clero en muchos aspectos psicológicos, también les parece deleznable a los señores jerarcas de la Iglesia.
Ese puritanismo tiene ya una larga historia; procede de la célebre reforma de Gregorio VII, gran pontífice que depuró la Iglesia de grandes males como la simonía en las investiduras eclesiásticas y la corrupción omnímoda del clero de la época. También fue grande este Papa por su valiente enfrentamiento al emperador Enrique IV para conservar el poder espiritual frente al poder político. Esto tengo que reconocerlo como conocedor de la historia. Lo que estimo equivocado, obsoleto y ridículo es que casi mil años después siga la organización eclesiástica católica empecinada en métodos y doctrinas que ya no acompañan a la mentalidad en el nivel histórico en que estamos. Sin darse cuenta, la Iglesia va perdiendo adeptos. La mayoría de los occidentales somos católicos respetuosos y pasivos; pero no obedecemos lo que nuestro elevado desarrollo cultural y mental nos dicta que es un error. El arzobispo Emmanuel Milingo se lo dijo al Papa y al mundo: “El Papa no es el único obispo con autoridad en la Iglesia para consagrar obispos”. Este brillante jerarca eclesiástico también indica que “necesitamos restablecer el sacerdocio con matrimonio para restablecer la salud de nuestra Iglesia”.
Ejemplo histórico. Hace ya casi 500 años, Martín Lutero, sacerdote agustino alemán, propuso, entre muchas otras reformas, la abolición del celibato sacerdotal obligatorio y dio ejemplo al mundo y a la historia –como genio portentoso que era– casándose con una monja, con la que tuvo cinco hijos y fueron –como en los cuentos de hadas– ¡muy felices!
Es hora ya –hora y momento histórico– de que la Iglesia de Roma utilice la gran sabiduría que siempre ha tenido y reconozca que ya no acompaña a la humanidad en su desarrollo mental y en el enfrentamiento a las necesidades actuales. Condenó a la OMS por recomendar el uso del preservativo para evitar el contagio del VIH, lo que evidencia su soberbia preocupación de que el súbdito obedezca, nada más.
Se ha dicho que el poder corrompe y creo que, además, oblitera la mente, la bloquea y la hace inútil, como algunas drogas.