El 2 de setiembre entró en vigor en Francia una ley que prohíbe a los estudiantes asistir a clases en los colegios públicos con atuendo o pieza de vestir que sugiera alguna afiliación religiosa. En consecuencia, las jóvenes musulmanas no podrán continuar yendo a clases con su manto o hijab, y, si los cristianos quisieran usar una cruz, o los judíos su kippá, tampoco serían admitidos en los recintos educativos.
El caso de los musulmanes es particularmente trabajoso pues su vestido no remite a una cuestión nominalmente religiosa o, por ejemplo, a una liturgia demarcada como la del culto cristiano, sino que, por la naturaleza públicamente simbólica del islam, se trata de algo que cala hondo en su identidad cultural y psicosocial. La ley, para estas personas, debe estar pesando fuerte sobre su sentido colectivo de identidad, pertenencia y autoestima.
Mito de la racionalidad. Lo interesante es que, con esta medida, lejos de avanzar hacia una ilustración más madura y liberal y hacia un humanismo integral que acerque más al Estado al servicio de la población en su concreta y rica diversidad, el Gobierno francés retrocede hacia el pasado, cuando el liberalismo naciente se apuntaló políticamente alrededor del mito de la racionalidad absoluta de la vida. Con esta ley, se atropella la verdad misma de la Ilustración y se hace atropelladora a la Ilustración. Se la convierte en ideología absolutista, ciega e incapaz de asumir su realidad histórica y su necesidad de transformación dialéctica. Se pretende que la separación, legítima, entre religión y Estado laico, gobierne ilegítimamente la relación entre religión, sociedad y cultura. En este caso, el pensamiento ilustrado, que tanto atacó a la religión, se erige como una suerte de religión moderna, secular sí, pero no por eso menos irracional y opresiva.
Bien dice Yasmin Ataulla, musulmana británica, a propósito de esto, que el “fundamentalismo secular es tan aborrecible como el extremismo religioso” (The Guardian, edición electrónica, 3/9/04). Y es que el secularismo ideológico, encarnado en leyes como esta, es ciego a su propio fanatismo racionalista, así como al fracaso patente de sus intentos históricos por acallar la dimensión religiosa trascendente del ser humano. Así, el Estado, en lugar de ser un agente de convivencias y diversidades, se convierte en un juez de las culturas y las religiones existentes que esconde su autoritarismo tras una fachada democrática. Paradójicamente, al oponerse a las manifestaciones religiosas tradicionales, se afinca, con todo su peso específico, como un poder religioso moderno, antiliberal y antidemocrático, dueño de la verdad, la política y la técnica, de la vida de los ciudadanos y de sus culturas. Con esta medida, el Estado atenta contra los derechos de los musulmanes franceses y de creyentes de otras religiones, quienes, al pagar los impuestos, sostienen a un sistema educativo que sofoca la expresión pública de su existencia religiosa. Si hay temor de tensiones sociales, no debe ser convertida la educación en herramienta policial para reprimirlas.
Traicionera paradoja. Por lo demás, esta ley no es un hecho aislado ni es solo un hecho francés. Forma parte de esa corriente histórica cultural, de esa traicionera paradoja a que nos vemos hoy sometidos todos: que los poderes que prometían la liberación se convierten hoy en poderes perversamente opresores y mortíferos. Pero Francia está para mejores cosas. El mundo democrático tiene que revertir esas tendencias, habida cuenta de que esto exige sacrificar el prejuicio, la exclusión y esa pasión moderna por la administración absoluta de la vida. No se puede apuntalar la democracia con medidas antidemocráticas, como la de la susodicha prohibición. No se puede establecer justicia con medidas injustas. No se puede establecer la razón social negando los elementos “irracionales” o simbólicos religiosos de la vida social. El Estado verdaderamente democrático no puede servir a la sociedad estandarizándola y homogeneizándola pues con ello negaría la libertad de manifestar pública y respetuosamente la propia religión, sea tradicional o moderna, y de que esta informe democráticamente a la sociedad y al Estado mismo. Donc, vive la différence!