El agua es uno de los elementos que con el uso ha perdido parte de su trascendencia. Como es habitualmente gratis, regalo de la naturaleza y del Estado, pocos tienen en cuenta el valor de eterna necesidad del agua. No la aprecia más el hombre moderno, aunque se bañe todos los días, que el primitivo nómada a quien, en medio del camino, lo sorprendía una sed casi imposible de satisfacer.
¿Creen mis lectores que estoy diciendo tonterías? Cuando usted abre su tubo a toda mecha -como se dice- o no repara los salideros de la casa, dígame si piensa en que los vecinos de otro barrio o de otra provincia carecen usualmente de agua. No; no parece que yo diga sandeces. Más bien recurro a la conciencia de mis conciudadanos porque un problema está creciendo sin que se convierta en inquietud general.
Ante las noticias de sequías, alguna gente reacciona como si oyera llover; pero, pese a las obras magnificas del Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados para ofrecernos agua de calidad (decenas de embalses y acueductos), y, apartando los tradicionales problemas en la distribución (escasez de fuentes, tuberías deplorables, conductos antiquísimos), la sequía nos invade, imponiéndonos la urgencia de un nuevo enfoque en el uso del agua.
Cuando falta... Desde luego, el país se moviliza. Las instituciones de gobierno han venido adquiriendo la mentalidad apropiada para afrontar las sequías. Tratarán incluso de dotarnos de un moderno alcantarillado sanitario en la gran área metropolitana, de convocar la participación de la sociedad en el problema de la preservación del recurso hídrico. AyA intenta sellar los centenares de salideros que derrochan improductivamente el líquido que nos falta, salideros que también coadyuvan -mediante su insensible y pertinaz existencia- a que la gente le pierda el respeto al agua. "Total, si el Acueducto permite que se bote...", comentan.
Nosotros, los que usufructuamos un servicio barato, incluso casi gratuito, ¿qué hemos de hacer? ¿Exigir soluciones mágicas, pedir -como cierta célebre canción- que llueva no café, sino agua, o que, por arte de los deseos, tanques y cisternas se colmen y desborden?
Valoración y ahorro. He estado mirando el cielo, y, ante su sordera, he meditado. El verano nos obliga a poner la pelota en nuestra cancha. Quizás el gasto doméstico no sea mayor que el industrial y el de los centros de servicios, pero, tanto en las casas como en los centros laborales, somos nosotros los que estamos y trabajamos.
Si no comprendemos que el agua nos exige practicar ese concepto llamado ahorro y que por momentos ha sido puro fuego artificial; si no aprendemos a valorar el agua como un bien costoso que a veces, como hoy, no puede renovarse con la misma facilidad de antes; si no aprendemos a considerar como hermana al agua, conservándola, distribuyéndola con mano cuerda, tal vez aprendamos fatalmente que lo que aparenta tener muy poco valor, se convierte a la larga, o a la corta, en lo más caro.
Me siento honrada de que Costa Rica cuente con una institución como Acueductos y Alcantarillados, que se esfuerza por dar, a la totalidad de los costarricenses, agua de calidad y potabilidad, creo que, en muy poco tiempo -como ya ocurre-, programas célebres como la Bandera Azul ecológica, serán modelos en toda Latinoamérica. Si el agua es salud y desarrollo, convirtamos en realidad el deber de conservarla y de hacer un uso racional de ese bendito líquido.