Durante los años en que tuve el honor de representar a Costa Rica como embajador en Estados Unidos, con frecuencia se me presentó la oportunidad de hablar sobre mi país en foros a los que fui invitado en diversos puntos del ámbito norteamericano. Con esta misión visité universidades, iglesias, legislaturas, periódicos, escuelas, sinagogas, mezquitas, clubes rotarios, cámaras de comercio y muchas otras entidades.
A menudo, en esas ocasiones, surgía el tema de la libertad religiosa en Costa Rica y la pregunta conexa de alguien en el público sobre mi vivencia como judío en una nación mayoritariamente católica. Mi respuesta la solía ilustrar con algunas experiencias personales que evidenciaban la naturaleza de las relaciones de la Iglesia con la comunidad judía. Relaté así la extraordinaria labor de la madre Yolanda de Sion quien, en la década de 1950, promovió activamente la Confraternidad Judeocristiana de Costa Rica. Contó para ello con el respaldo del arzobispo de San José, monseñor Rubén Odio Herrera, de otros destacados miembros de la jerarquía eclesiástica, representantes evangélicos y del conglomerado hebreo.
Albores. El diálogo franco y el respeto entre diferentes credos que alentó la Confraternidad, se anticiparon al espíritu de concordia impulsado por Juan XXIII mediante el Segundo Concilio y la declaración Nostra Aetate, en 1965, fuente de entendimiento que destaca como un hito histórico de tolerancia. Estos pasos marcaron, sin duda, los albores de una corriente en la Iglesia a la que, con posterioridad, Juan Pablo II dio expresión más amplia y evidente en su señera apertura al judaísmo y las corrientes evangélicas.
Tuve la fortuna de conocer a la madre Yolanda y de asistir a algunas sesiones de la naciente Confraternidad. En aquel entonces, la obra de reconciliación emprendida por esta religiosa de la Orden de Sion resultaba inconcebible en otros países. Para ello se requería, ante todo, una cultura nacional propicia al acercamiento entre distintas corrientes de fe que, dichosa y excepcionalmente, surgió temprano en nuestra sociedad.
Lección imborrable. Compartí también con públicos estadounidenses una lección imborrable de amistad y respeto de monseñor Román Arrieta, el recordado arzobispo de San José recientemente fallecido. En 1997, con el apoyo de un estimable grupo de amigos, invitamos al rabino Adin Steinsaltz, de Israel, para que viniera a Costa Rica a impartir algunas conferencias. El rabino Steinsaltz es una de las figuras intelectuales más destacadas del mundo contemporáneo. Su traducción del Talmud al hebreo moderno, junto con sus comentarios e interpretaciones, le valieron el Premio Israel, reconocimiento máximo de su nación a los logros intelectuales. Profesor y conferencista en famosas universidades y centros académicos de Estados Unidos y Europa, se le ha reconocido como una autoridad en el campo del misticismo.
El arribo del célebre rabino motivó numerosas publicaciones. En especial, una de sus pláticas, que versaría sobre las raíces judías del cristianismo, generó inmenso interés. Me pareció entonces que, por deferencia, debía, de antemano, participar a monseñor Arrieta de esa actividad, así como de la obra del religioso hebreo. Un muy estimado amigo facilitó la entrevista. Había conversado con el Arzobispo antes, incluso una vez en Israel, y siempre hallé en él a un interlocutor inteligente, llano y amable.
No fue diferente en esta ocasión. En su despacho, monseñor escuchó atento los detalles que le proporcioné acerca del rabino Steinsaltz y su anunciada visita, los cuales me agradeció. De seguido, compartió algunos recuerdos de su intervención en los preparativos del histórico Segundo Concilio en el Vaticano. Al despedirme, de nuevo dio gracias por la visita.
Noble gesto. Pocos días después llegó a mi bufete un sobre de la oficina del Arzobispo. Con cierta aprensión lo abrí. Sin embargo, resultó ser una grata e inesperada sorpresa pues contenía la copia de una nota que monseñor Arrieta había dirigido a los seminaristas y novicias del país en que les pedía asistir a la conferencia del rabino Steinsaltz. No creo que este noble gesto pueda encontrar paralelo en otras latitudes. Al enterarme recientemente de la muerte del prelado costarricense, evoqué esa experiencia así como el ejemplo inédito de la madre Yolanda y muchas otras muestras de consideración a mi fe que desde niño recibí de maestros, compañeros de estudio y amigos católicos. Son pequeñas memorias, retazos de historia que definen la grandeza de algunas personas y de una nación.