Estudiantes de diversos colegios son el blanco de la mafia con la complicidad de los propios compañeros. Lo que, hace algunos años, podía parecer una invención malintencionada o una exageración con aviesos fines, es hoy una realidad. Si el Estado debe actuar sin miramientos para contener esta agresión, los padres de familia deben tomar conciencia de su responsabilidad como primeros educadores de sus hijos. Es una obligación primaria que no pueden transferir a nadie. Desde este punto de vista, esta noticia nos involucra a todos.
El camino a la escuela o al colegio, en busca del conocimiento y del compañerismo, siempre ha sido un motivo de gozo y de esperanza. La mayor parte de los padres de familia no escatiman esfuerzo alguno para dotar a sus hijos de las condiciones básicas para el estudio, principalmente en las instituciones públicas. Buena parte del presupuesto nacional se orienta a fortalecer el sistema educativo, lo que, en esta época, alcanza un relieve particular. Nuestro futuro, en los más diversos órdenes, depende de la calidad, eficacia y cobertura de la educación.
Estas siguen siendo verdades de a puño, que han sido una constante en la historia de nuestro país. Este marco tradicional se ha comenzado a romper. Si la pobreza ha constituido la principal causa de desaliento y alejamiento de las aulas, ha sido constante el esfuerzo de los padres de familia y del Estado, pese a algunos altibajos, para mitigar este problema social. Así lo prueba, en estos años, el programa Avancemos para que las ovejas vuelvan al redil de la educación. Los logros obtenidos invitan a su fortalecimiento y a su preservación, no obstante las vicisitudes de la política o los relevos gubernamentales de rigor. En el campo de la calidad del sistema educativo y de la infraestructura en escuelas y colegios es preciso, asimismo, avanzar. Las actuales penurias económicas en nuestro país y en el mundo no deben ser óbice para bajar la guardia.
Enfrentamos ahora un enemigo particular, cuya perversidad se pone de manifiesto por el blanco escogido: las escuelas y los colegios. Esta ofensiva ha tenido dos formas de ataque: la venta o distribución de drogas en las instituciones educativas, privadas o públicas, en su interior o en los alrededores, y la violencia o diversas formas de delincuencia, protagonizadas por los propios alumnos, pero nutridas por el clima de violencia predominante. Estos aliados representan un grupo minoritario, pero esta cuantificación no aminora un ápice la magnitud de la embestida, máxime si, como informamos el 8 de abril pasado, las bandas infiltran a jóvenes estudiantes en los colegios para que proporcionen información sobre sus compañeros para asaltarlos, rumbo a sus casas, una vez que terminan las clases.
No se trata de actos esporádicos, sino de una estrategia. Los delincuentes acechan particularmente a los estudiantes de séptimo y octavo años escogidos por sus propios compañeros, sabedores, de antemano, desde el interior de las instituciones educativas, del dinero o los objetos de cierto valor (relojes, tenis, bultos, celulares, reproductores de música o cualquier otro bien personal) que las víctimas llevan consigo. El gozo de aprender y del compañerismo, que señalábamos anteriormente, ha dado paso al temor de los estudiantes y de los padres de familia, y, concretamente, al ataque personal y al asalto. Uno de los casos más preocupantes fue el de un colegial que obligó a un compañero, puñal en mano y acuerpado por hampones adultos, a abrir la puerta de la casa para apoderarse de los electrodomésticos y otros enseres. El círculo se cierra con el temor a denunciar, o bien con la deserción de las aulas por inseguridad personal.
Los hechos hablan por sí solos. El hampa se está ensañando contra los estudiantes de los colegios, cuyos enemigos son sus propios compañeros. De este modo, a la inseguridad personal y a la angustia de los padres de familia se agregan la pérdida de la confianza entre los estudiantes y la conversión del colegio, en estas condiciones, en una trampa. Este plan delictivo exige la atención esmerada del Estado y de la sociedad. Las razones para esta reacción son evidentes.