Las elecciones celebradas el pasado domingo en México, para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes, elegir a seis gobernadores y a otras autoridades locales, fueron importantes por muchas cosas. La mayoría de ellas resultan positivas para la democracia, aunque, a partir de ahora, se complicarán las tareas del presidente Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional (PAN).
Tal como se esperaba, los votantes castigaron con fuerza el actual Gobierno, que ha debido lidiar con la peor recesión económica desde la llamada “crisis del tequila”, en 1994, y no ha sido capaz, a pesar de ingentes –y en parte exitosos– esfuerzos, de controlar la violencia generada por el narcotráfico. Su retroceso en los comicios, sin embargo, no fue tan grande como se esperaba.
El gran triunfador fue el tradicional Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México desde 1929 hasta el 2000. Tras precipitarse al tercer lugar en representación legislativa en las elecciones del 2006, ahora pasó al primero. Logró sumar el 36,68% de los votos nacionales y más que duplicó el número de escaños, de 106 a 238. A partir de la toma de posesión del nuevo Congreso, será capaz, junto con el Partido Ecologista Verde –su aliado–, de conformar mayoría absoluta. Asimismo, ganó cinco de las seis gobernaciones en disputa.
El PAN sufrió fuertemente: con el 27,98% de los votos, perdió 59 de sus 206 diputados y se convirtió en la segunda fracción legislativa. Pero el gran derrotado fue el izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD). Su desempeño implica un verdadero colapso: apenas alcanzó un 12,23% de la votación y 76 curules, contra 127 obtenidas hace tres años, con lo cual pasó a un distante tercer lugar.
Tal como se esperaba, un poco más de la mitad de los electores se abstuvo de participar en el proceso, algo usual en elecciones de medio período, pero el porcentaje fue un poco menor de lo que estimaban la mayoría de los analistas. La gran incógnita, en esta oportunidad, era qué magnitud alcanzarían los votos nulos, como expresión de protesta contra toda la “clase política” mexicana, y por los cuales se había hecho una intensa campaña. La cifra fue alta, pero no alarmante, al sumar 5,39%, frente a un promedio histórico del 2%.
El éxito del PRI no se debe solo al descontento con el Gobierno y el PAN. También fueron de gran importancia su sólida organización, así como los pasos que ha dado para mejorar su imagen, renovar dirigentes, limpiar ligeramente sus cuadros (aún afectados por severa corrupción), y presentarse como una real alternativa de Gobierno. Además, el PRD, cuyo candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, estuvo a medio punto de vencer a Calderón en el 2006, fue víctima de su dogmatismo, irresponsabilidad, intransigencia y divisiones internas. Por ello, no solo dejó de ser una alternativa frente al oficialismo; peor aún para ellos, también fue severamente castigado, lo cual es ejemplo de madurez entre los electores. Su horizonte, hoy, luce sombrío.
A partir de ahora, Calderón, para gobernar, dependerá del PRI. Esto le plantea la necesidad de negociar con mayor intensidad que la desplegada en los últimos tres años. Para los vencedores, implica una enorme responsabilidad, porque si quieren, en verdad, ser una alternativa legítima para ganar la Presidencia en el 2012, deberán trabajar por solucionar los graves problemas nacionales e impulsar las múltiples reformas postergadas, y no solo dedicarse a hacer oposición.
Hasta ahora, los presagios son buenos. El mandatario reaccionó con gran madurez y el lunes proclamó que es momento “del acuerdo y del entendimiento”. Por su parte, Beatriz Paredes, presidenta del PRI, declaró que asumirán una agenda “muy clara… de soluciones y cambios profundos en materia económica”. Aunque estas intenciones se hagan realidad, la tarea por delante es muy complicada. Sin embargo, las bases de que se parte, de clara solidez democrática, son, por sí solas, estimulantes.