En esta, como en toda coyuntura vinculada a la alternancia del poder, el país necesita que la nueva Presidenta se rodee de un excelente gabinete. De ello dependerá, en buena medida, el éxito de su gestión y, por tanto, su impacto positivo sobre el bienestar de todos.
Las posibilidades de que así ocurra dependen de factores como el buen juicio de la gobernante, su apertura para buscar más allá de los militantes partidistas, su voluntad de vincular los individuos alrededor de un sentido de equipo, su capacidad para presentar un proyecto que entusiasme a los escogidos y, por supuesto, las cualidades de estos últimos. Entre ellas deben destacar la competencia, la solidez, la honradez, la experiencia y la lealtad como apego a valores y objetivos, más que a personas.
Tales son los factores que se mencionan más a menudo, y con razón, por su carácter esencial. Sin embargo, existe otra variable de índole pragmática que, por sus implicaciones para los eventuales escogidos, debe ser tomada muy en cuenta. Nos referimos a las condiciones según las cuales los ministros son enrolados en las complejas tareas de dirigir sus carteras. Entre ellas, la remuneración ocupa un lugar clave. Por esto consideramos justificada la preocupación de la presidenta electa, Laura Chinchilla, expuesta en declaraciones que publicamos el lunes, sobre los bajos salarios que existen para esos cargos y la dificultad que esto implica para atraer a los mejores.
Como expuso un reportaje del semanario El Financiero , en su última edición, los ministros no solo ganan sustancialmente menos que personas con tareas equiparables en el sector privado, a pesar de que, en el público, los riesgos legales y las dificultades de operación tienden a ser mucho mayores. También están en desventaja con respecto a los titulares de varias instituciones autónomas y de otros poderes de la República. Incluso, en algunos casos, según sea su trayectoria en la administración estatal, pueden ganar menos que subordinados con mayor antigüedad.
Nada de lo anterior ha impedido que, tras ingentes esfuerzos persuasivos, personas de altas cualidades decidan incorporarse a los Gobiernos. Sin embargo, sí limita seriamente el acervo de talentos realmente disponible y, al menos potencialmente, genera dos graves sesgos: el nombramiento de personas que, por su trayectoria profesional, patrimonio o ingresos independientes, no tienen verdadera necesidad de mejores salarios para mantener su nivel de vida, o que aquellas que, por estar aún en una etapa inicial de sus carreras, o proceder del propio sector público, sí se pueden sentir atraídas por las remuneraciones disponibles.
En el medio quedan sólidos profesionales en pleno apogeo de su desarrollo, quienes, en muchos casos, aunque tengan la voluntad de servir al país, no pueden sacrificar los ingresos que reciben frente a la escala salarial que tendrán al convertirse en ministros.
En al pasado, estas desventajas tendían, a veces, a suplirse con “complementos” provenientes de fondos destinados a consultorías, de algunas fundaciones o de apoyos de organismos internacionales. El procedimiento, sin embargo, no solo ya es imposible de utilizar, por los mayores controles legales, sino que resulta totalmente inconveniente, por su turbiedad y posibilidad de convertirse en fermento de corrupción, como atestiguan varios casos.
La verdadera solución, entonces, debe ir en otro sentido: que, de forma totalmente transparente, se incrementen las bases para la remuneración de los ministros. ¿Que no se podrá hacer de inmediato? Es posible, pero razón de más para comenzar de inmediato. ¿Que será polémico? Sin duda: para muchas personas puede resultar inadmisible que los jerarcas ministeriales ganen mejor.
Lo importante es que cualquier medida de esa índole sea explicada de forma clara, y que se los incrementos sean razonables, con criterios claros, una aplicación rigurosa y, sobre todo, apuestas a la excelencia en los seleccionados.
Si los ciudadanos palpamos los resultados, gracias a mejor conducción gubernamental, cualquier impacto político negativo será revertido por la realidad y, lo que es más importante aún, todos ganaremos. El esfuerzo vale la pena.