Al contrario del comunismo o el fascismo, filosofías dogmáticas cerradas que pretendieron diseñar y conducir implacablemente –y sin fisuras– las relaciones humanas y la organización social, política y económica de la humanidad, el capitalismo es diverso como práctica y abierto como sistema.
Su esencia es la propiedad privada de los bienes de producción, así como la libertad de los agentes económicos (personas, empresas y hasta el Estado) para disponer de ellos e intercambiarlos. Su aparición, como ejercicio cotidiano, se hunde en la historia de la humanidad. Y, aunque su evolución como doctrina económica tiene poco más de dos siglos, la dinámica de su gran desarrollo floreció hacia finales de la Edad Media, con la apertura de nuevas rutas comerciales. Es decir, la práctica capitalista, vinculada a la naturaleza humana, existe desde mucho antes de su desarrollo como sistema.
La vinculación de economía capitalista y democracia política, junto a un sentido de justicia social, ha producido los avances más notorios en la calidad de vida de los seres humanos, aunque la dirección nunca ha sido lineal o ha estado ausente de traumas y crisis. La que actualmente vive la economía internacional es una crisis dentro del capitalismo; es decir, que se produce en su seno. Pero no es una crisis del capitalismo, porque los fundamentos del sistema se mantienen; lo que han fallado, y seriamente, son procedimientos, instituciones, normas y personas.
Frente a esta grave coyuntura, no solo es imperativo actuar para frenar y revertir los profundos problemas financieros y económicos que afectan al mundo. También debemos tomar iniciativas destinadas a mejorar el funcionamiento del sistema capitalista para que siga siendo un gran generador de riqueza, mientras, desde las instancias políticas y sociales, se modulan sus normas y usos.
Por todo lo anterior, resulta visionaria la iniciativa tomada por el presidente francés, Nicolás Sarkozy, al convocar en París a algunas de las mejores mentes económicas y políticas del mundo, en su simposio titulado “Nuevo mundo, nuevo capitalismo”, sobre el cual informamos en nuestra edición de ayer.
“Tenemos que trabajar no por la destrucción del capitalismo, que sería una catástrofe, sino por su moralización”, dijo Sarkozy. La frase es retóricamente estimulante. Sin embargo, debe abordarse en su justo significado. Porque “moralizar” al capitalismo, entendido en su estricta dimensión económica, no es una pretensión lógica. Al contrario, lo que más conviene al mundo –sobre todo a sus sectores más pobres– es que el capitalismo desarrolle cada vez mayores posibilidades de eficiencia y buena asignación de recursos; es decir, que funcione bien como sistema económico. Las dimensiones morales –o, más precisamente, éticas– deben venir desde las instancias políticas, las estructuras sociales y las normas de conducta que rigen las relaciones entre seres humanos, grupos y países. Y, mientras más democráticas estas sean, mejor.
La gran tarea, más allá de las obligaciones coyunturales frente a la crisis, es lograr, por una parte, que el capitalismo mejore su desempeño como sistema económico que, vía el mercado, incide en el mejor desempeño posible de los factores de producción; por otra, establecer un marco de regulaciones e instituciones, tanto nacionales como internacionales, que guíe mejor su desempeño, sobre todo en las dimensiones éticas.
Como dijo la canciller alemana, Ángela Merkel, la respuesta “debe implicar mucho más que nuevas reglas para los mercados financieros… La crisis es una oportunidad para crear una arquitectura internacional de (nuevas) instituciones”. De todo esto, el capitalismo, como generador de riqueza que mejora el desempeño de la democracia, podrá salir fortalecido.