En su decimaquinta elección desde que el país alcanzó la independencia, en 1947, India ha sido capaz de renovar con éxito la gran hazaña cotidiana que es su democracia.
Tras un mes de votaciones en cinco “actos”, los resultados oficiales fueron dados a conocer el pasado sábado. La buena noticia, además del monumental ejercicio cívico que implicaron los comicios, fue que el resultado dará a su gobierno mucha mayor solidez y estabilidad. Así podrá seguir adelante con las reformas económicas y sociales que tanto progreso han traído al país durante los últimos años. Además, estará en mejores condiciones de afrontar desafíos tan importantes como la seguridad interna, las relaciones con Paquistán, los conflictos étnico-religiosos y las enormes disparidades regionales.
La enormidad del “milagro” democrático que es India queda de manifiesto con los números de estos comicios. Estaban inscritos 714 millones de electores, 41 millones más que en el proceso de hace cinco años. Fueron abiertos 828.804 centros de votación, con 1.368.430 máquinas electrónicas de votación, en 35 estados y territorios, en los cuales se sufragó, sucesivamente (según estados), el 16, 23 y 30 de abril, y el 7 y 13 de mayo.
El 16, como estaba previsto, se anunció la distribución de escaños en el Parlamento de 543 miembros, escogidos en igual número de circunscripciones unipersonales, en los cuales compitieron 4.617 candidatos. No hubo cuestionamientos del veredicto y los dos principales grupos perdedores reconocieron rápidamente el triunfo del Partido del Congreso y su coalición Alianza Progresista Unida (APU).
Para quienes, todavía, insisten en que la democracia no es una planta que crece en medio de grandes dificultades económicas, sociales y culturales, el ejemplo de India es un desmentido contundente. Porque ningún otro país del mundo (quizá salvo China) reúne tantas complejidades: un enorme territorio; la segunda mayor población del universo; fuertes diferencias regionales; una pobreza que –aunque en franco retroceso– afecta a millones de seres humanos, muchos de ellos en condiciones de extrema indigencia; enormes disparidades étnicas, religiosas, sociales y culturales; amenazas terroristas, y un entorno geopolítico con importantes riesgos.
Los 262 escaños obtenidos por la coalición APU, de los cuales 206 corresponden al PC, implican la mayor victoria de un partido político desde hace 18 años. De este modo, bastará con el respaldo de algunos pequeños grupos afines para conformar un Gobierno mucho más coherente, sólido y estable que el actual, encabezado por el respetado y eficaz primer ministro, Manmohan Singh, pero que dependía del errático e inestable apoyo de diversos partidos comunistas.
Todo indica que Singh mantendrá su cargo hasta finales del 2010, cuando, probablemente, lo cederá Raúl Gandhi, de 38 años, delfín de la dinastía familiar que controla el partido desde su fundación, y cuyos padre (Rahiv Gandhi), abuela (Indira Gandhi) y bisabuelo (Jawaharial Neheru) fueron todos primeros ministros.
Así como el PC mejoró sustancialmente y logró tomar nuevos bríos tras un período de erosión, otros grupos sufrieron claros retrocesos. Los principales fueron la agrupación hindú Bharatiya Janata Party (BJP), segunda fuerza política del país y que encabezó la Alianza Democrática Nacional, y el Tercer Frente, compuesto por una decena de partidos comunistas, que salió sumamente diezmado.
A pesar de su discurso en extremo nacionalista, el BJP también impulsa una plataforma de reformismo económico. De hecho, muchos de los cambios más importantes en este ámbito comenzaron en su anterior gobierno, que terminó en el 2004.
Estamos, por tanto, ante un panorama muy claro: los electores optaron, de forma libre, democrática y contundente, por la unidad nacional, la tolerancia, la estabilidad política y el reformismo económico.
Es un mensaje que trasciende el enorme territorio indio y se proyecta, con fuerza, hacia todo el mundo.