Cuando un ciudadano revela al encuestador sus principales preocupaciones, el peso de la subjetividad no puede ser negado. En esos casos, la encuesta mide, esencialmente, una percepción. La pregunta es si la percepción se corresponde con la realidad o constituye un mero prejuicio, ayuno de bases fácticas.
Los gobernantes suelen decantarse por la segunda explicación, a cuyo tenor la delincuencia es mucho menos grave que la representación mental que los ciudadanos se hacen de ella. El miedo, afirman, nos lleva a exagerar el peligro, sobre todo cuando los omnipresentes medios de comunicación se empeñan en alimentarlo. Es una tesis conveniente, porque desplaza la responsabilidad y minimiza el problema. También tiene a su favor la presencia del proverbial grano de verdad. Si los medios de comunicación no informaran sobre la delincuencia, el fenómeno real sería igual –y probablemente peor, porque los ciudadanos relajarían la prevención–, pero la percepción general de seguridad mejoraría.
El martes, La Nación publicó la última encuesta sobre el tema encargada a la empresa Unimer. Para la cuarta parte de los costarricenses, no existe una preocupación mayor que la inseguridad ciudadana. La distancia con el segundo lugar entre las preocupaciones más apremiantes es considerable: un 16 por ciento le teme al desempleo. En tercer lugar está el costo de la vida, con 14 por ciento. Si se toma en cuenta a quienes mencionan la inseguridad como segundo y tercer problema, el principal desvelo de los costarricenses será aún más obvio. En el reino de las percepciones, el problema es serio, pero el Gobierno cometería un error si concluye que la batalla debe ser librada en el campo de la opinión pública.
La misma publicación donde se informa de los resultados de la encuesta hace mención de un parámetro absolutamente objetivo: la tasa de homicidios en Costa Rica llegó a 10 por cada 100.000 habitantes. En comparación con otros países latinoamericanos, es una tasa baja, pero ya no es credencial para el título de país seguro y pacífico al que tuvimos derecho hace apenas un par de décadas, cuando compartíamos con naciones como Canadá los últimos lugares en los listados estadísticos.
En 20 años pasamos de ser un país seguro a ser una nación donde la criminalidad constituye un verdadero problema, con independencia de la percepción existente sobre ella. La tasa de homicidios es prueba objetiva y sustento para las percepciones detectadas por las encuestas. En el mundo de la criminología, es una de las tasas más precisas. La franja negra constituida por los delitos no denunciados es mínima cuando se cuentan cadáveres. Se sabe, por ejemplo, que existen muchas más violaciones que denuncias por violación, pero eso no ocurre en el caso de los homicidios. He aquí, entonces, un motivo concreto de la preocupación detectada por las encuestas.
Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el índice puede considerarse “normal” hasta la cifra de 5 homicidios por cada 100.000 habitantes, pero si la tasa supera 10 homicidios por 100.000 habitantes, se está en presencia de un cuadro de criminalidad “epidémica”. En el 2008, Costa Rica alcanzó ese nivel a raíz de los 435 homicidios cometidos en territorio nacional, casi el 70 por ciento de ellos con armas de fuego.
En suma, la percepción de inseguridad no es una mera representación mental creada por las páginas de sucesos, como tampoco lo es la percepción de desamparo anclada, entre otras cosas, en los recientes escándalos de corrupción policial.