En una conferencia de prensa ampliamente difundida, el martes último, el procurador general de Estados Unidos, Eric Holder, acusó a Irán de fraguar el asesinato del embajador saudita en Washington, Adel al-Jubeir, asesor cercano del monarca Abdullah. El homicidio se concretaría mediante una poderosa explosión en un concurrido restaurante en Washington, sin importar otras posibles víctimas de alto perfil que suelen frecuentar dicho establecimiento. Conforme a la acusación, planteada en un tribunal federal en Nueva York, el asesinato lo llevarían a cabo pandilleros mexicanos de Los Zetas siguiendo órdenes impartidas por oficiales de la Fuerza Quds, brazo de operaciones en el exterior de la Guardia Revolucionaria Islámica.
El asesinato de al-Jubeir sería la primera etapa de un proyecto más amplio que incluía dinamitar las sedes diplomáticas de Israel en Washington y Buenos Aires y su costo inicial rondaba un millón y medio de dólares, del cual ya le habían adelantado cien mil dólares al presunto agente de Los Zetas mediante transferencias bancarias originadas en Teherán. El gestor de esta espiral sanguinaria, Mansour Arbabsiar, es un iraní naturalizado estadounidense y radicado en Texas, a cuyos parientes solía visitar en la capital de Irán.
En una gira reciente, un primo le presentó a un oficial de la Fuerza Quds, Gholan Shakuri, quien le pidió encontrar sicarios mexicanos para asesinar al embajador saudita. Arbabsiar dijo conocer a numerosos narcotraficantes mexicanos y, de vuelta en Texas, contactó a quien suponía era un integrante de Los Zetas, quien resultó ser un informante encubierto de la DEA norteamericana que alertó a las autoridades. De ahí continuaron conversaciones telefónicas entre Arbabsiar –para entonces ya detenido– y Shakuri, así como el pedido de un adelanto monetario que se realizó siguiendo las instrucciones bancarias dispuestas por los investigadores estadounidenses.
Sin embargo, la noticia del complot frustrado fue recibida por algunos sectores con escepticismo por considerar a Irán más competente en estas oscuras artes. Ante las dudas, el presidente Obama respondió de manera categórica y señaló las sólidas pruebas y múltiples confirmaciones obtenidas. Líderes del Capitolio, asimismo, se manifestaron satisfechos con las evidencias del caso al igual que Gobiernos aliados y destacados analistas de prensa y académicos norteamericanos.
La realidad es que el régimen iraní pasa por una seria crisis interna y externa, visible en parte en los choques del presidente Ahmadinejad con el líder supremo, el ayatolá Jamenei. Externamente, la rivalidad de Teherán, de raigambre chiita, con la monarquía saudita que es sunita, ha generado situaciones regionales tormentosas como el reciente despliegue de tropas saudíes en Bahréin, para apuntalar a la monarquía sunita de ese país vecino, enfrentada a protestas violentas de la población chiita alentada por Irán.
Este patrón se repite en otros principados del Golfo Pérsico al tiempo que el principal aliado árabe de Irán, el régimen de Siria, encara un embate del cual difícilmente saldrá airoso. La mano de Irán se extiende además por Líbano y Gaza, dominados ambos por Gobiernos afines a Teherán, así como en el apoyo a terroristas en Afganistán e Iraq. De esta forma, Irán y Arabia Saudita, los mayores países de la zona, acumulan una enemistad de antigua data que hoy aflora en tensiones severas del área.
Por otra parte, no es dable minimizar la autoría iraní en asesinatos en ultramar, incluso de conciudadanos opuestos a la República Islámica que se instauró en 1979, y cuyo credo jomeinista exhorta a la exportación de la violencia por todo el globo. Según el Centro de Documentación de Derechos Humanos en Irán, desde el advenimiento de la teocracia islámica en esa nación, no menos de 162 iraníes opuestos políticamente al régimen de los ayatolás fueron ultimados en diferentes países, así como 20 oficiales de dicho régimen condenados judicialmente por esos asesinatos.
Sumemos a esta cadena los numerosos atentados terroristas en el exterior, como el perpetrado en 1992 en Berlín para liquidar a dirigentes kurdos y los dos cruentos eventos explosivos en Buenos Aires, el primero contra la Embajada de Israel en ese año y contra el centro comunitario judío AMIA, en 1994, gestados y dirigidos desde la misión diplomática de Irán en esa capital. Más de un centenar de muertos y un sinnúmero de lesionados fue el saldo trágico de estos crímenes promovidos por los máximos líderes de Irán, a la sazón el ayatolá Jamenei y el presidente Rafsanjani.
Sumemos a este largo historial una ola de atentados en los últimos tres años llevados a cabo por elementos de Hezbolá y Hamás bajo la dirección de la Fuerza Quds, en lugares como Azerbaiyán, Turquía y Chipre, sin olvidar los que lograron ser prevenidos por las autoridades.
Completa este cuadro el agravamiento de la situación de Irán en el ámbito estratégico, y la conexa agudización de su hostilidad hacia Estados Unidos, Arabia Saudita e Israel, sus icónicos enemigos. La furia que desborda en Teherán responde a diversas circunstancias, principalmente las sanciones internacionales promovidas por Estados Unidos con relación al desarrollo de armas nucleares. De igual manera obedece a la deserción y asesinato de científicos nucleares claves para el proyecto atómico de Irán, y los ataques del virus Stuxnet que inhabilitó reactores esenciales de ese proyecto, todo lo cual Irán atribuye a Israel y Estados Unidos.
Esta constelación de presiones alienta la conducta crecientemente agresiva de Irán y la abundante evidencia revela una operación de altos vuelos de la Fuerza Quds. A pesar del intento iraní por zafar el bulto recurriendo a pandilleros mexicanos para endosarles la culpa, el frustrado asesinato en Washington trajo a plena luz la verdadera naturaleza del régimen islámico como promotor del terrorismo internacional. En cuanto aquellos gobiernos latinoamericanos tentados de abrazar a Irán como país amigo, esperemos que este capítulo los haga meditar con mayor seriedad.