Durante meses recientes, en particular los dos últimos, Rusia ha desatado una intensa guerra sucia en dos frentes. Cada uno posee naturaleza distinta, pero ambos son parte de una nueva estrategia de agresión contra Ucrania y Europa. Con ella, el autócrata Vladímir Putin, incapaz de imponer su voluntad imperial y erosionado en su legitimidad, ha optado por llevar a un extremo de sufrimiento al país invadido y, a la vez, penalizar a los europeos que respaldan generosamente al pueblo y gobierno ucranianos.
Contra Ucrania, ha puesto en marcha una ofensiva abierta, sanguinaria y brutal enfocada en blancos civiles. Algunos expertos la califican como guerra total, porque borra cualquier distinción entre blancos legítimos e ilegítimos, y se propone exacerbar el sufrimiento físico, psicológico, económico y político de toda la población. Por esto, también es una guerra sucia. Lo que busca es compensar, con brutalidad sin límites, la parálisis –y hasta frecuentes retrocesos– de sus acciones en el campo de batalla.

Contra Europa, Putin se vale de una estrategia híbrida, que combina diversos métodos ofensivos de baja intensidad, pero con alto impacto y difíciles de rastrear hasta su fuente. Entre ellos están la desinformación, los ciberataques, sabotajes a infraestructura crítica, asesinatos, violaciones del espacio aéreo y el emplazamiento de artefactos incendiarios en bodegas y plantas fabricantes de equipos bélicos.
En agosto, por primera vez, Rusia atacó objetivos civiles ucranianos con drones propulsados por motores a reacción, mucho más rápidos, mortíferos y difíciles de neutralizar. Siguió con misiles hipersónicos de largo alcance, aún más demoledores. Contra ellos, la defensa antiaérea está menos preparada aún, porque la intercepción depende de un inventario limitado de baterías Patriot, de fabricación estadounidense.
Aunque la capacidad de innovación y respuesta de los agredidos avanza con gran velocidad, su inmediata debilidad defensiva ha permitido a los agresores multiplicar su impacto destructivo, sobre todo en zonas urbanas, incluida la capital, Kiev.
Ya los ataques no se limitan a objetivos con usos duales (militares y civiles), como redes ferroviarias, acerías o insumos utilizados por la industria de defensa. Ahora se dirigen, con particular saña, contra edificios de oficinas y viviendas, gasolineras, supermercados, puentes urbanos, íconos culturales, estaciones postales, centros de investigación y hasta escuelas y hospitales. El 28 de setiembre, por ejemplo, un dron ruso impactó el edificio de la Academia Nacional de Ciencias, en Kiev, destruyó sus dos plantas superiores y dejó una persona muerta y varias heridas.
La ofensiva híbrida contra Europa ha escalado peligrosamente, con métodos cada vez más violentos y temerarios. El 4 de agosto, autoridades alemanas frustraron un ataque con explosivos contra un avión militar ucraniano en el aeropuerto de Leipzig/Halle. Una exhaustiva investigación lo atribuyó a agentes rusos.
El 13 de setiembre, Rusia atacó, también con drones, un tren civil a pocos kilómetros de la frontera de Ucrania con Polonia. Pocos minutos antes, el exprimer ministro británico, Boris Johnson, y altos funcionarios europeos habían pasado por la zona.
Sus drones también han violado en más de una oportunidad el espacio aéreo polaco y de las naciones bálticas, por alegados –e inverosímiles– errores. Y el 2 de este mes, un avión militar incursionó en el de Finlandia.
Tal estrategia ofensiva es inaceptable. Ya la Unión Europea, en coordinación con la alianza atlántica (OTAN), está fortaleciendo su capacidad de inteligencia, defensa y contragolpes ante ella. La prudencia ha prevalecido, pero no puede implicar virtual complacencia.
Rusia, entretanto, no cesa en su creciente desafío. El gran riesgo es que, sea por error o deliberación, llegue al extremo de generar una confrontación militar que escale de inmediato.
Putin está frustrado y debilitado internamente por su fracaso en Ucrania, con un intolerable costo en vidas, e indignado por el apoyo europeo al país agredido. Su salida ante ambos desafíos, hasta ahora, ha sido arreciar en violencia y temeridad. De ahí la guerra sucia en los dos frentes.
En esta coyuntura, no puede descartarse que, como vía extrema, fabrique una crisis de proporciones aún mayores, con resultados devastadores. Europa hace bien en prepararse.
