
El 17 de junio, tras casi cuatro meses de guerra, Estados Unidos e Irán suscribieron un “memorando de entendimiento” que generó justificadas, aunque precarias, esperanzas. En él acordaron un cese de hostilidades durante 60 días, el inicio de negociaciones sobre el programa nuclear iraní, la apertura del estrecho de Ormuz a la libre navegación, y el levantamiento de las sanciones y del bloqueo estadounidenses que impedían la venta de petróleo iraní en el mercado global.
Poco antes de su firma, el presidente Donald Trump, con hiperbólico impulso, aseguró que el documento lograba todo lo que se habían propuesto alcanzar, y lanzó un llamado prematuro: “Barcos del mundo, enciendan sus motores. ¡Dejen que el petróleo fluya!”. La realidad ha sido otra y se puso de manifiesto, con crudeza, durante las últimas dos semanas.
El conflicto, en efecto, cesó momentáneamente tras la firma del documento. Se reinició un creciente flujo del crudo. Estados Unidos honró sus compromisos e Irán reactivó sus ventas petroleras. El precio del barril petrolero Brent, que en los peores momentos bélicos superó los $120, bajó hasta $80. Fue un avance, sin duda, pero, en esencia, lo que se logró con el memorando, tras la enorme muerte y destrucción, fue volver a la situación existente antes del inicio de la guerra, hace ya cinco meses.
La pausa y las esperanzas, sin embargo, duraron muy poco. Desde mediados de julio, el conflicto recrudeció. Irán volvió a obstaculizar el tránsito por el estrecho. En represalia, los estadounidenses reanudaron sus bombardeos, que fueron respondidos con ataques a sus bases en países vecinos. Cuatro militares murieron, y el saldo desde el estallido inicial se elevó a 18. En respuesta, Estados Unidos intensificó sus ataques aéreos.
La realidad se complicó aún más en los últimos días. Las milicias hutíes, que actúan como instrumento de la dictadura iraní en Yemen y controlan parte de su territorio, cerraron el tránsito por el mar Rojo –al oeste de la península Arábiga– a los barcos de Arabia Saudita; además, atacaron blancos en ese país. Su gobierno respondió con bombardeos.
Como era de esperarse, la incertidumbre general ha aumentado. El precio del crudo, aunque fluctuante, superó de nuevo la barrera de $100, con renovadas secuelas inflacionarias.
El viernes 24 de julio, Trump –quien ya había calificado el memorando de entendimiento como “basura”– contuvo su amenaza de una gran ofensiva. Más aún, ordenó el cese de los ataques. Irán hizo lo mismo. Ahora, de nuevo, hay gestiones mediadoras emprendidas por terceros, pero con un desarrollo y –sobre todo— un posible desenlace muy incierto.
Los factores que conspiran en su contra son muchos, pero el principal es que el poder en Irán está ahora en manos de los elementos más extremistas del régimen. Para ellos, los beneficios económicos para el país y su población derivados de un acuerdo que incluya el libre tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz son relevantes, pero no es lo que más cuenta. Su variable clave es otra: mantener y reforzar el poder ideológico-religioso y militar; también, su influencia regional. Y una de las armas clave, tan o más importante que los drones o misiles balísticos, es controlar esa vía clave para el flujo de petróleo, gas, fertilizantes y otros insumos de enorme importancia.
Cuando Estados Unidos e Israel desataron su arrasadora ofensiva militar el 28 de febrero, destruyeron gran parte de la capacidad militar iraní, mataron al máximo ayatola y a la cúpula más visible de su gobierno, bajo el argumento de que sus acciones traerían un cambio de régimen. Era parte de una narrativa irreal, según la cual la guerra duraría muy poco y generaría cambios fundamentales. Su error de cálculo y su ligereza estratégica quedaron muy pronto de manifiesto.
El éxito operativo no condujo a condiciones coincidentes con los objetivos anunciados. Al contrario, al eliminar a un grupo dominante con cierto sentido de realismo, abrieron el camino para su reemplazo por los elementos más extremistas. Son estos los que dominan hoy y los que han desarrollado una guerra asimétrica capaz de imponer grandes perjuicios a los países de la zona, a Estados Unidos y a la economía mundial. Ante esta realidad, será muy difícil reabrir el estrecho en condiciones mínimas de estabilidad.
A pesar de la enorme impopularidad de la guerra entre los estadounidenses y de su impacto económico a menos de cuatro meses de las elecciones de medio periodo, Trump no puede aceptar el control de Irán sobre la vía como condición para nuevas negociaciones. Sería una virtual capitulación que, además, establecería un funesto precedente para la libre navegación, principio básico del precario orden internacional.
Estamos, por esto, en una fase muy incierta del conflicto, en la que existen más razones para el pesimismo que para el optimismo. Es el precio de decisiones fallidas desde el inicio y de una dictadura fanática con gran capacidad de resistencia. El saldo nos impacta a todos de diversas maneras.
