Entre las imágenes más angustiosas de la Segunda Guerra Mundial, así como de los años previos que marcaron el ascenso político de Hitler y los nazis en Alemania, destacan las escenas de niños y ancianos maltratados por las SS y la Gestapo. Sin duda, son memorias muy dolorosas y profundamente grabadas en la memoria nacional de Alemania y las naciones europeas sojuzgadas por el Tercer Reich.
Muchas de esas escenas reprodujeron el ataque brutal de los nazis contra las minorías étnicas y religiosas que conformaban la demonología hitleriana, en particular los judíos y los gitanos. Y muchas correspondieron a la ocupación germana de Francia.
Sin embargo, en días recientes, imágenes de eventos no muy distintos, pero sucedidos en estos momentos en Francia, aparecieron en los medios de comunicación y le dieron la vuelta al mundo. Se trata, ni más ni menos, de redadas de gitanos ejecutadas por gendarmes franceses en importantes centros urbanos galos. Según las informaciones oficiales, las autoridades procuran desmantelar caseríos no autorizados de gitanos y expulsar a los ocupantes a sus países de origen.
De igual manera, el Gobierno sostiene que la batida contra los roma (rama de gitanos oriundos mayormente de Rumania y Bulgaria) responde a la agenda de seguridad ciudadana del presidente Nicolás Sarkozy que pretende combatir así una ola de criminalidad. Según el Gobierno, unos 12.000 gitanos de esa etnia se hallan en condiciones de ilegalidad, diferentes de los 400.000 que residen legalmente en Francia desde hace mucho tiempo.
Con todo, las acciones policiales han generado una fuerte reacción en Francia y el resto de Europa y muchos acusan al Gobierno de xenófobo y violador de los derechos humanos. De igual manera, consideran que Sarkozy ha actuado por mero cálculo electoral y de forma ilegal pues ha negado a los gitanos el debido proceso requerido para la detención y expulsión.
En otro plano, el impacto de las críticas se ha podido observar en nutridas manifestaciones de protesta por todo el continente así como en los severos pronunciamientos del Parlamento y otros órganos de la Comunidad Europea, los cuales han censurado a Francia por las controversiales medidas. Para estos organismos, Francia ha violentado el derecho de libre tránsito del que gozan todos los ciudadanos europeos y ha fallado en el desarrollo de mecanismos para integrar a los migrantes en la sociedad. Más aún, el Parlamento también exhortó a todos los Gobiernos a intensificar sus esfuerzos para asegurar esa integración todavía distante.
Se puede apreciar en esta cadena de eventos la convergencia de algunas vertientes importantes. Por una parte, no hay duda de que las acciones de la Policía francesa hieren la sensibilidad de grandes sectores que ven en ellas la resurrección de la praxis nazi fascista. Para ellos, la memoria nacional ha sido agraviada y esta ofensa demanda la acción ciudadana a fin de prevenir su reiteración. Por otra parte, la recesión económica se ha traducido en un mayor desempleo y, en tales circunstancias, el influjo de foráneos es visto por muchos –en forma equívoca– como un factor coadyuvante de las penurias que viven sus hogares.
Desde luego, la xenofobia encuentra en este desarrollo una válvula de escape que no es dable minimizar, lo cual nos conduce a una realidad que creíamos superada: hay actualmente en Europa un creciente nivel de hostilidad hacia los inmigrantes.
Al respecto, una encuesta Harris-Financial Times, recién divulgada, confirma la percepción que comparte una mayoría de europeos –más del 60% en Gran Bretaña y España – de la desmejora en las condiciones de vida causada por la inmigración. “Expertos en inmigración argumentan que, si bien existen altos niveles de preocupación sobre el tema en Europa, los temores a menudo están basados en falsas percepciones y no en los hechos”, acota el Financial Times.
¿A qué falsas percepciones alude este análisis? Tomemos el caso de Tilo Sarrazin, miembro de la Junta Directiva del Bundesbank alemán, quien debió renunciar al cargo debido al escándalo provocado por un libro suyo donde sostiene que los inmigrantes musulmanes socavan el futuro de Alemania porque no enseñan el idioma alemán a sus hijos y, en general, no los educan adecuadamente. Su libro levantó una ola de acusaciones públicas de xenofobia. El escándalo se expandió a raíz de sus afirmaciones sobre un supuesto gene de los judíos heredado de los ancestros en Levante, mensaje que devino en un clamor mayúsculo por sugerir, como sostenían los nazis, un determinismo genético.
Abonemos también el escándalo que provocó Karel de Gucht, un belga que es Comisionado Comercial de la Unión Europea, quien en un programa radial sobre las negociaciones de paz en el Cercano Oriente disertó extensamente sobre la terquedad congénita de los judíos.
Estos incidentes corroboran algunas de las falsas percepciones aludidas por el diario inglés.
Lo cierto es realmente que hoy día la xenofobia y el antisemitismo se muestran endémicos y en aumento entre ciertos grupos europeos que no parecen haber aprendido, después de tantas guerras y tanta destrucción, el peligroso rumbo por donde conducen los odios sociales.