El Tribunal Supremo de Elecciones convoca a 2.822.491 ciudadanos a ejercer hoy el sufragio. El esfuerzo es monumental. En todo el país, 6.681 juntas receptoras de votos, integradas por costarricenses de todas las tendencias políticas, tramitarán millones de papeletas. Al final, si el resultado no remite a una segunda ronda, sabremos a quién corresponde lucir la banda presidencial y quiénes ocuparán las curules del Congreso y los gobiernos locales.
Estamos invitados, entonces, a moldear el futuro de nuestras instituciones democráticas. Hay una oferta política diversa y bien diferenciada. Es cierto, la campaña no se distinguió de sus antecesoras por la profundidad del debate. También es verdad que existe algún grado de acuerdo sobre temas esenciales, como la educación y la salud pública, pero la confrontación electoral y la experiencia histórica son suficientes para que el país tenga claras las diferencias entre las corrientes políticas representadas en las papeletas. Nadie ignora, además, que conducen a trascendentales diferencias programáticas a la hora de gobernar.
También son diversos los dirigentes que personifican las propuestas, todos con buenas intenciones. La campaña los dio a conocer y, en la mayoría de casos, cuentan con trayectoria en la política nacional, provincial y cantonal. Muchos son reconocidos por su desempeño en la comunidad, sea como comerciantes, profesionales u organizadores sociales, entre otras actividades. El talante de los candidatos, como individuos, también conduce a trascendentales diferencias de estilo a la hora de gobernar.
Elegiremos entre diversas propuestas y personas aptas para plasmarlas en la realidad. No puede ser cierto, entonces, que dé lo mismo quién resulta electo o cuál partido consigue el respaldo de las mayorías. Habrá diferencias de fondo y forma capaces de afectar el bienestar de todos, incluyendo a quienes aún no tienen edad de votar. La indiferencia ante el resultado y la pretensión de que “todos son iguales” suman una pobre excusa para el abstencionismo. Parten de premisas cuya falsedad es evidente cuando se les confronta con la diversidad de opciones. Un ciudadano racional puede concluir que ninguna oferta le satisface a plenitud, pero el mismo ejercicio de racionalidad le llevará a entender que alguna está más cerca de colmar sus aspiraciones.
La Constitución define el sufragio como “una función cívica primordial y obligatoria”, pero en la práctica a nadie se sanciona por incumplirla. Así debe ser. La decisión de abstenerse, como la de votar, es un ejercicio de conciencia. La Nación , siempre partidaria de la libertad, no la condena a priori, pero tampoco renuncia a argumentar en su contra.
El voto está en la base de nuestra identidad nacional. Costa Rica se define y distingue por su democracia, que es una construcción colectiva en permanente evolución, siempre incompleta y perfectible. Ignorar el llamado a elecciones es sustraerse del más grande proyecto nacional y debilitar el vínculo esencial con nuestros conciudadanos. Es una renuncia a participar en la construcción del futuro y refleja una injustificable indiferencia ante los problemas nacionales.
El abstencionismo ha cobrado fuerza en las últimas campañas electorales. Todavía no es excesivo en comparación con otras democracias, incluyendo a algunas de las más consolidadas. En los Estados Unidos, Suiza y Japón, para citar tres ejemplos, la historia reciente registra cifras muy superiores al 40%. La democracia resiste frente a la indiferencia y su legitimidad no descansa en el ejercicio del sufragio por la totalidad de los ciudadanos. Pero el abstencionismo puede llegar a debilitarla y en eso deben pensar quienes se ausentan de las urnas por inexcusable pereza, más que por verdaderas razones de conciencia.