Algunas veces en la vida nos encontramos en una situación que nos lleva a reflexionar sobre el tema de la identidad: ¿qué somos?
A los 20 años tuve que hacer mi primer viaje al extranjero: se me había otorgado una beca para estudiar en una institución universitaria en Estados Unidos. El pequeño aeropuerto en La Sabana no permitía el aterrizaje de los cuatrimotores que volaban de Panamá a Miami. Debía viajar en un bimotor de Pan American Airways hasta Panamá, y al día siguiente tomar el avión que me llevaría a Miami.
Con mi pasaporte listo para la salida, fui al Consulado de Panamá para que me pusieran el visado de tránsito válido por 24 horas.
Al presentarme ante el cónsul, me miró con simpatía y me dijo que le era imposible otorgarme el visado. Ante mi sorpresa me explicó que su Gobierno se lo prohibía para todas las personas con apellido chino. Le contesté que mirara que mi pasaporte era costarricense, que yo era de madre costarricense y nacida en Puntarenas. Salí muy sorprendida. Era el año 1943, cuando el Gobierno panameño expulsó de su territorio a muchos residentes de nacionalidad china y ellos perdieron sus bienes.
Entristecida, fui a la Embajada Norteamericana a explicar al Agregado Cultural mi imposibilidad de aceptar la beca. El señor Gerberich entonces me dijo: "No se preocupe. Le daré un permiso para que del Aeropuerto de Panamá se dirija a la Zona del Canal; allí podrá alojarse en un hotel".
En "cuarentena". El día de mi viaje, al llegar presenté mi pasaporte en la ventanilla de Migración y expliqué mi caso. El funcionario, sin contestar a lo que yo le decía, me indicó que tomara un taxi que esperaba en la puerta con dos pasajeros dentro. Para mi sorpresa, el taxista no prestó atención a lo que yo le decía sino que se dirigió rápidamente a un lugar rodeado de alambradas, y, en el portón, un soldado. Vi el nombre en inglés que correspondía a "Cuarentena".
Pasé el día y la noche encerrada en una habitación de madera, a la cual, en un momento dado, me llevaron comida y me cobraron unos pocos dólares. Al día siguiente llegó un taxi a recogerme y me llevó directamente para abordar el avión hacia Miami.
Olvidaba decir que el día anterior, al revisar mis valijas, me confiscaron unas fotos de algunas playas de Costa Rica y otra de dos amigas mías y yo, en traje de baño en Ojo de Agua.
La explicación que me dieron fue que eran peligrosas porque eran puntos estratégicos, por estar en tiempo de guerra. Por lo menos, la noche que pasé encerrada en la cuarentena me salió barata.
Espinosa admiración. Muchos años más tarde, cuando viajé a Amsterdam, enviada por la Unesco para continuar mis estudios, mi pasaporte causaba admiración.
Veían mi apellido materno "Espinosa" y repetían con admiración: "¡Oh, Espinosa!". A los pocos días de esta situación comprendí que, por algún motivo, mi apellido era asociado con el de Baruch Spinoza, famoso filósofo judío del siglo XVII, nacido en Amsterdam.
Otro hecho interesante fue la invitación que me hizo mi profesora holandesa, doctora J. van Lohuizen de Leeuw, para visitar el barrio antiguo de Amsterdam. Allí me llevó directamente a la vieja sinagoga, en cuyos muros interiores estaban grabados los nombres de los judíos holandeses que murieron en los campos de exterminio de la Alemania nazi durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Pensé entonces que el apellido "Espinosa", admirado en Holanda, me hubiera causado la muerte de haber vivido entonces en la ciudad de Amsterdam. ¡Ironías de la vida!