
Traté por primera vez a don Guido Fernández a finales de la década de los 70, en momentos en que la revolución sandinista era noticia de primera plana casi a diario y nos hacía soñar a todos aquellos aprendices de periodista --o al menos a mí--, en la emoción de trasladar al campo de batalla todos los nuevos conocimientos.El era el tutor de un grupo de estudiantes del Colegio Stvdivm Generale de la UACA, y en virtud de ese cargo, el único elemento en común para un grupo que, aparte de su tardía aspiración por el Periodismo, no podía ser más disímil en cuanto a profesiones y ocupaciones.
En una vieja casona frente al Kentucky's de La California, empezamos a amasar bajo su experimentada guía todo aquel arsenal de pirámides invertidas, enfoques, leads y artículos de opinión, en lecciones que por lo general concluían en amenas conversaciones sabrosamente adobadas con los ingredientes de su vasta cultura y su vocación de conversador.
Vendría después para mí el período de práctica en La Nación, reducido a una pequeña mesita en la oficina de su secretaria, para evitar entrar en conflicto con el Colegio de Periodistas por no ser un estudiante de la Universidad de Costa Rica. Y otro pequeño período en Canal 6, cuando arrancaba la revista matutina Hoy Mismo, una experiencia nueva para él y para todos los que lo acompañábamos.
Cuando por fin tomé la decisión de dedicarme de lleno al periodismo, en 1984, lo primero que recordé fue la enseñanza derivada de una de las asignaciones que don Guido nos encomendó durante la carrera: leer El principito.
Y nunca como en ese momento tuve tan claro el verdadero mensaje del encargo: que la especialización no conlleve nunca a la pérdida del sentido de unidad del hombre, como lo sufrió el geógrafo; ni a olvidar el secreto del zorro: que no se ve bien sino con el corazón, pues lo esencial es invisible a los ojos.
Don Guido siempre lo supo muy bien. Para qué cuartillas sin estrellas.