Hoy hace quince días, la aurora nos despertó con la muerte de don Édgar Cervantes Villalta, triste noticia que enlutó a la República y en especial al Poder Judicial pues uno de sus prohombres pasó a la casa del Señor.
Motivo sobrado para el pesar pues don Édgar, quien fue presidente de la Corte por 9 años, magistrado por 28 y funcionario judicial por 48, dedicó su vida a la judicatura. En su niñez y juventud se preparó para ser juez; primero sirvió como empleado subalterno, fue meritorio, escribiente, prosecretario y secretario. Esto le sirvió para dar sus primeros pasos en lo que sería una laboriosa carrera, excepcional por lo larga, productiva y brillante.
Muy recién graduado su deseo por expandir el conocimiento le llevó a desempeñarse como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica, en la que pudo canalizar sus inquietudes, lo que hizo sin egoísmo alguno. Don Édgar fue un hombre con conocimientos excepcionales.
Entendió que la administración de justicia exige condiciones especiales a los empleados, se preocupó de que los servidores de la Alcaldía Sexta Civil de San José, donde fue alcalde, se capacitaran en ética, derecho y redacción. Los buenos resultados lo llevaron a patrocinar un sistema de capacitación en el Poder Judicial. Primero dirigió cursos sobre muy diversos temas Ya como magistrado, puso todo su empeño en convencer a sus compañeros de la necesidad de crear una escuela de capacitación. Siendo presidente de la Corte don Ulises Odio, logró su cometido. Junto a él nos nombraron en Comisión a los doctores Juan Luis Arias y Gerardo Calvo y a mí para que hiciéramos una propuesta a la Corte. El resultado fue la Ley de la Escuela Judicial .
Aquel niño descalzo de Alajuelita, que antes de ir a la escuela debía dejar recogidas las vacas y los terneros, adquirió desde muy temprana edad su vocación por el trabajo, que luego pondría en práctica en toda oficina en que se desempeñó. Su dedicación le llevaba a aprovechar todas las horas del día. Por ello, siempre se levantó muy temprano, y por mucho años fue el primero que llegó a revisar los expedientes. Fue pródigo en ayuda para todos. No dejó nunca de hacer el favor y no pocas veces terminaba estudiando el expediente que le llevaba un juez joven. Luchó contra la improvisación, la incapacidad y el oportunismo. Se preocupó de que las funciones de cada uno de los empleados y funcionarios se encontraran debidamente establecidas.
El día de su entierro me encontré con gran cantidad de los empleados que laboraron junto a él, en quienes era fácil hallar ese sentimiento de pesar cuando una persona querida ha partido al encuentro del Señor.
Una de sus características fue la humildad. Nació en una numerosa familia de escasos recursos económicos. Por ello, su infancia y juventud estuvieron llenas de privaciones, lo que no constituyó un valladar para sus aspiraciones, las capitalizó. Aprendió que el trabajo dignifica al hombre. Como la honradez es un calificativo importante para quienes nos desempeñamos en la función pública, fue inclaudicable en exigirse y exigir las más estrictas reglas éticas. Fue sencillo, le costó acomodarse a situaciones que le sacaban de su rutina, las cenas oficiales no despertaron en él envidia alguna, rechazó innumerables viajes. Los empleados y los usuarios no encontraron nunca un obstáculo para comunicarse con él
Fue padre ejemplar. A la par de doña Rosy, crió una familia de cinco vástagos y muchos nietos, a quienes les inculcó sus reglas de buen hombre. Fuimos muchos los que recibimos de D. Edgar el consejo oportuno, la ayuda generosa, la reprimenda justificada, la calidez de su relación, el aprecio de su afecto. Ahora le decimos hasta luego. Estamos seguros de que está en la compañía del Señor. ¡Descanse en paz, don Édgar!