
En el prestigioso periódico Le Monde Diplomatique (mayo 2006), el cartógrafo Philippe Rekacewicz, en el artículo "La cartografía: entre ciencia, arte y manipulación", explica cómo en el mundo de la geografía, los mapas, al estar alejados de la realidad, se utilizan como instrumentos de dominación.
En el Foro Económico Mundial en Praga, en el 2002, el representante de la República de Azerbaiyán descubrió que el mapa del Cáucaso mostrado a la audiencia hacía pensar que la región del Alto Karabaj (otrora escenario de guerra entre azeríes y armenios) pertenecía a Armenia. La reacción de los armenios fue rechazar cualquier cambio al mapa en mención. En la reunión del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en el 2001, Pekín protestó porque en el mapa aparecía Taiwán como estado independiente. En ese momento, Marruecos, Sahara Occidental, Corea del Sur, Japón, Irán, India, Pakistán, Grecia e Israel se opusieron a que tales procedimientos disuasivos dictaran a la comunidad internacional cómo denominar y representar los territorios de sus respectivas naciones. La reacción era obvia pues estos países también tienen añejos diferendos geográficos.
En la Cumbre de la Tierra en Johannesburgo (2002) israelíes y palestinos llegaron casi al pugilato por un mapa considerado no conforme: los territorios ocupados. En el 2004, Irán acusó a la revista National Geographic porque en su atlas recién publicado aparecía el nombre de "golfo Arábigo", en lugar de "golfo Pérsico". Al otro lado del orbe, Corea del Sur y Japón aún discrepan por el mar que los separa. En ambos mapas, diseñados por el National Geographic, uno aparece con el nombre de "mar del Este" y el otro "mar del Japón".
Tinte dicromático. El lector ha sido programado para aceptar los colores, los tamaños y los nombres dados a su región, quizás a la espera de que un nuevo evento "retoque" su región con un nuevo tinte. Para Rekacewicz, en los libros de Michel Pastoureau, Dictionaire des couleurs de notre temps y History of color, tres generaciones de estudiantes recuerdan los "colores" de la Guerra Fría: el rojo intenso para los "malos" (mundo comunista) y el azul tranquilo y pacífico para los "buenos" (mundo democrático). Aunque para Pastoureu la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no tiene nada de pacífica.
Leon T. Hadar, en el artículo "What Green Peril?" (Foreign Affaire, 1993), denunció cómo la derecha religiosa estadounidense urgía a la Casa Blanca prepararse para la nueva "amenaza verde" proveniente del mundo islámico. Ante categorizaciones de este tipo, ¿deben ser utilizados los colores para embellecer o divinizar este lado del mundo, y afear o satanizar el otro?
Los colores no representan lo mismo en los países. En Noruega el verde simboliza la naturaleza, en Arabia Saudita se evoca el islam y en Irlanda es el color nacional que une a la población más allá de sus fronteras. La gente tiene una visión monocromática de África como "el continente negro", mientras que otros, con una visión dicromática, han diseñado y coloreado el mapa africano con un amarillo pálido o intenso, que asemejan la sabana seca, polvorienta y sin vida; y el verde oscuro como la selva densa e impenetrable. África dista mucho de eso, su riqueza histórica y cultural tiene su colorido natural.
Poder económico y militar. Históricamente, los Estados más poderosos han tenido control de la geografía, la cartografía y las imágenes satelitales. Si bien, los mapas sirven para afianzar reivindicaciones nacionales, reconocer territorios y formalizar identidades, también han sido instrumentos de dominación, al negar la existencia de otros pueblos. Desde los antiguos imperios hasta nuestros días, los mapas, por imprecisos que fueran, han sido diseñados según el poder económico y militar del momento. De repente Europa apareció en el centro del planisferio, incluyendo a África como suya. Rusia solía "estirar" Asia Central y EE. UU. hace lo mismo en Norteamérica, cuando realmente Sudamérica es más grande.
El mapa es una obra de arte en la medida en que no se limita a miniaturizar o sobredimensionar un territorio, sino que expresa la sensibilidad de los pueblos, la percepción que tiene de las sociedades y de su modo de organización espacial. Y la geografía política, valiéndose de su campo de análisis multidisciplinario, interpreta el desarrollo de los fenómenos internacionales. Como ningún mapa es lo que parece ni lo que debería ser, entonces todos debemos construir los "mundos", mezclando el mundo tal y como se ve con el mundo tal como quisiéramos que fuera.