La enseñanza social de la Iglesia surge del Antiguo Testamento, el Evangelio, el derecho natural y su obligación de ser columna y fundamento de la verdad. Ser consecuente con ella transforma la vida.
La justicia se refiere a toda estructura de relación entre las personas. El justo es primero, en el sentido pasivo, el que tiene derecho, el que tiene razón, el inocente. También es el que, en sentido activo, actúa justamente. Más amplia que las nociones de justicia y derecho es la de la misericordia cristiana.
Los profetas destacan el derecho del pobre, de la viuda, del huérfano, del extranjero, del asalariado... de aquellos a quienes, los que poseen bienes de fortuna, tienden a excluir de la comunidad de bienes, pero que deben ser reintegrados en la comunidad.
Lujo como injuria. Existe el derecho de propiedad. Pero el llamado de lo alto pide moderar los instintos de avaricia y de crueldad que suelen ligarse a la propiedad. Por ello los profetas llegan a reconocer derechos a los que no tienen nada que ofrecer, salvo su necesidad y su pobreza. La justicia no es primero el derecho de los que tienen, sino el derecho de los que no tienen. No se excluye al extranjero. El lujo es una injuria a la pobreza. El profeta usa un argumento muy sensible a los oyentes: Vosotros fuisteis extranjeros en Egipto, y ya sabéis lo que esto significa.
No debe reducirse la justicia a solo la conmutativa. El derecho del pobre es el de quien, dentro de la comunidad, se halla en la necesidad: tiene derecho de participar en los recursos de esa comunidad sin verse obligado a dar nada a cambio. Y tal derecho es sin fronteras.
Es Dios quien quiere al pobre. La exclusión del pobre significa crear un abismo entre Dios y el que excluye al pobre.
En el Evangelio Jesús se identifica con el pobre: tuve hambre y me disteis de comer, estuve preso y me visitasteis... Y tanto ama Dios al pobre, que el día del juicio en cierto modo será el pobre quien nos juzgará: nuestro destino eterno dependerá de la cercanía que hayamos tenido con él...
La revelación por Cristo de un vínculo filial con Dios (Padre nuestro...) hace surgir la conciencia de un vínculo fraternal con cada semejante, en una intimidad nueva.
La parábola de Lázaro y el rico Epulón es reveladora. La culpa del rico no es haber adquirido sus bienes injustamente, ni haber negado a Lázaro lo que pedía, porque este no pedía nada. El inmenso pecado fue haber puesto distancia insuperable entre su mesa abundante, sus sobras sabrosas y ese estómago de Lázaro vacío; entre sus vestimentas y las úlceras de Lázaro. Esa distancia destruye la comunidad humana: es disociadora.
Aquella distancia entre Dios y el hombre por olvidarse del hermano necesitado y esa otra entre quien tiene y se distancia de quien no tiene, sin que duelan las entrañas, se trasladarán a la vida eterna, y serán abismos eternamente infranqueables. Ahora que Lázaro pertenece al mundo eternamente feliz, el rico no puede participar de su banquete.
Resulta imposible ganar la amistad de Dios sin haber ganado la amistad del pobre, dándole lo necesario, después de atender las propias necesidades: esa es la enseñanza de Cristo.
Jesús condena la riqueza. Es su primera maldición: ¡Ay de vosotros los ricos!... Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos...
No es la propiedad el pecado. Es el exceso en cuanto acumulación, más allá de las necesidades: crea abismos insuperables entre Dios y el prójimo.
Jesús vino a enseñar eso.