Este es el título de un libro póstumo de Carlos Luis Altamirano. Contiene 32 relatos de su infancia y juventud vividas en Orotina. Con un poder evocador extraordinario, recrea paisajes, cacerías, personajes, aventuras y correrías que ponen muy en alto su inventiva creadora, el manejo magistral dei idioma, su amor entrañable por aquellas tierras de sombras dormidas y silenciosas, y la magia del paisaje, sobre todo en el verano, cuando la eclosión de la naturaleza pinta de colores árboles, playas, breñales y ríos y madura caimitos y marañones. Toma en Orotina el último tren de pasajeros, aquel legendario tren en donde viajó media Costa Rica hacia Puntarenas, y parece que muere parte de su corazón. Porque le duele en el alma las cosas que se lleva el tiempo.
Conocedor como el que más de su comarca, desfilan por las páginas de su libro personajes únicos, originales, irrepetibles, de una Costa Rica pobre, noble, humilde y vestida de paz, que se nos va de las manos como el agua. Y esto rompe el corazón de quien sabe amar y atesorar recuerdos, como él lo hacía. Su canto a Orotina y al río Machuca, a las montañas y al mar, viene acompañado de un glosario de palabras (80 en total) para orientarse mejor en esas expresiones idiomáticas que se han quedado como prendidas y abandonadas, vacías de vida, en los tablones ennegrecidos de una cocina de campo. Hace una mezcla exquisita de un lenguaje culto y preciso, elegante, con la habladera popular y vernácula, que ya se va perdiendo con la colonización de la hamburguesa y los bocadillos en inglés.
Mareas lejanas . Tivives, Pigres, Póferes, Surubres, Carara, Marichal, Agujas, Coyolar, Onofre, Crisanto, Nayuribe, Estelia, Cosigüina, Obdulio, Nemesio, Ñacista, don Pepe son nombres que desfilan por sus manos como caracoles de nácar que guardan rumores de mareas lejanas.
Repite con nostalgia unas sabias palabras de su abuelo que son como la nervadura de su libro: "Ya terminó el tiempo de los costarricenses y comenzó el tiempo de los ticos. Yo pertenezco al primer tiempo". "¿No es la misma cosa, abuelo?". "No, son avispas del mismo palo, pero no del mismo panal. El costarricense pertenece a una tierra de campesinos, y el tico a ese revoltijo de ahora". Entonces el autor canta su dolor: "Mi pueblo era un mundo de valores familiares y religiosos". Y cuenta pasajes de su vida, retazos de ese costarricense profundo, sillar, soporte olvidado de nuestra nacionalidad, y se sienta a escribirlos bajo el hechizo de la sombra de un ceibo, junto al río Machuca, de piedras blancas y pozas apacibles como el sueño de un lagarto o el descanso callado y vigilante de un tigre sin tiempo. Evoca con ternura sus amores juveniles, sus cometas, su pesca y sus cacerías, este autor que hace apenas un año se nos fue a descansar en los playones del Tárcoles y en las arenas de Bajamar.
Retoma al abuelo, quien dejó en él tanta huella, y dice: "Me enseñó que lo importante no es haber visto muchas cosas, sino soñado muchas cosas". Y Carlos Luis Altamirano soñó muchas cosas, desde Orotina, desde Chicago, desde el Machuca, "desde un ayer rural" que se fue en el último tren para siempre.
Vale la pena leerlo . Su sensibilidad me recuerda a Walt Whitman y sus Hojas de hierba , que caen en silencio, como se van las almas, como se fue la suya, palpitante en su libro.