El advenimiento del nuevo régimen temporal de bandas cambiarias que entrará en vigor, a partir del próximo martes, en su paso a uno de bandas más amplias o flotación limpia, nos integrará aún más con la economía global. Eso nos obligará a observar muy de cerca la evolución de los mercados financieros internacionales, incluyendo, desde luego, el crecimiento de la producción, los tipos de cambio y las tasas de interés.
Si la economía internacional crece, nuestras exportaciones también lo harán. Y si hay un buen balance entre las importaciones y exportaciones globales, incluyendo bienes y servicios, los tipos de cambio de las principales monedas tenderán a ser estables y las tasas de interés buscarán equiparse en las distintas plazas financieras. Esa situación sería muy saludable para los países en desarrollo y, el nuestro, en particular, que se apresta a aprobar el Tratado de Libre Comercio con los EE.UU. y a hacer flotar eventualmente su moneda. Pero, si se presenta un desbalance en el comercio mundial, como el observado en los últimos años, habrá que estar atento para que las eventuales oscilaciones cambiarias y en el valor del dinero no nos tomen desprevenidos.
La economía de los Estados Unidos sigue siendo la más voluminosa en el mundo, pero no la más dinámica ni equilibrada. El gasto total de los norteamericanos, principalmente el de los consumidores privados y, en los últimos años, también del Gobierno federal, excede en mucho el ahorro nacional. El desequilibrio se manifiesta en las importaciones y el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, y se refleja igualmente en el faltante fiscal. Las cifras son abrumadoras. El déficit fiscal alcanza un 5% del PIB y el de la balanza de pagos demuestra un porcentaje similar, alrededor del 6% del PIB (con cifras al 2005). En cambio, otros países desarrollados, europeos y asiáticos, contabilizan en sus cuentas sendos superávits comerciales. Alemania, por ejemplo, tiene un superávit comercial cercano al 4% del PIB; Holanda, del 6%; China, el 7%; Japón, 3,5%; Corea, un 2%, y los demás países asiáticos, en conjunto, reúnen un superávit comercial del 3%, según cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI).
¿Cómo se financian esos déficits fiscal y de balanza de pagos tan voluminosos en los Estados Unidos, sin presionar las tasas de interés ni depreciar el valor del dólar? La respuesta está en las enormes entradas de capital que recibe ese país, principalmente de los países asiáticos y exportadores de petróleo. La economía norteamericana ha logrado atraer billones de dólares en flujos de capital, ya sea mediante inversión directa, venta de acciones en las bolsas de valores o colocación de títulos gubernamentales. Así, ha podido financiar el pago de importaciones de todas partes del mundo por billones de dólares, sin afectar significativamente el tipo de cambio. Además, el Gobierno federal ha logrado financiar sus gastos (incluyendo militares) sin elevar las tasas de interés. Eso le ha permito mantener una política monetaria relativamente estable para estimular la producción.
Los organismos financieros especializados como el FMI y los Gobiernos de otros países desarrollados han prevenido a los Estados Unidos de los riesgos de una pérdida de confianza en los inversionistas extranjeros, con los consiguientes ajustes abruptos en los tipos de cambio y las tasas de interés. También han mencionado que el nivel de consumo que alimenta sus importaciones (exportaciones para nuestros países) podría disminuir conforme se desinfle la burbuja de los bienes raíces y se enfríe la economía, y provocar ajustes del comercio internacional. Pero los estadounidenses responden que el problema no es tanto que ellos consuman demasiado, sino que los asiáticos, europeos y de otras nacionalidades ahorran demasiado. En ese contexto, aducen que las tasas de interés en Europa están muy altas (contraen la producción y crean desempleo) y los tipos de cambio de sus monedas están artificialmente sostenidos con altas tasas de interés, y que lo que deberían hacer es estimular más sus economías con políticas monetarias más flexibles, como hicieron ellos en los últimos 4 años.
¿Quién tiene la razón? Es difícil saber y predecir. Pero sería imprudente ignorar que el desbalance de la economía global, a pesar de haberse mantenido por varios años, podría cambiar. Y tampoco se podría descartar que el cambio sea abrupto. Si así fuera, el dólar se desplomaría, las tasas de interés aumentarían y sus efectos se trasladarían a nuestros países. La moneda costarricense ha estado tradicionalmente ligada al dólar. En esa moneda se transan la mayoría de las negociaciones. La afluencia de divisas provenientes principalmente de esa nación nos ha permitido financiar holgadamente el déficit de la balanza de pagos porque, al igual que los EE. UU. tenemos nuestro propio déficit comercial. Si suben las tasas de interés y se contrae la economía, se podrían resentir nuestras exportaciones y las entradas de capital, y provocar un ajuste inesperado. El Banco Central tiene la enorme responsabilidad de hacer (gradualmente) los ajustes macroeconómicos que estime convenientes para evitar un aterrizaje forzoso en nuestra economía.