Como Secretario General de las Naciones Unidas -una organización de estados miembros representados por gobiernos- estoy obligado por su Carta, por precedente y por ilustrado interés propio, a sopesar mis palabras cuidadosamente; a hablar y expresar la opinión cuando ninguna otra voz se oirá, pero también a respetar el privilegio y el deber de los gobiernos de defender los intereses de sus pueblos conforme lo consideren apropiado.
Pero, ¿qué pasa si algunos gobiernos no están defendiendo los verdaderos intereses de sus pueblos, o tienen un punto de vista de esos intereses que el pueblo no comparte y no endosa?; ¿qué pasa si los gobiernos son un impedimento para los deseos del pueblo, en vez de ser el vehículo para su satisfacción?; ¿qué pasa si algunos de esos "pueblos" en cuyo nombre se emitió la Carta ven a las Naciones Unidas no como un instrumento de sus aspiraciones, sino como un refugio para gobiernos opresores?
Entonces, tenemos que hablar y hablaremos por la democracia, por los derechos humanos y el imperio de la ley; por la propuesta de que los gobiernos son los servidores del pueblo y no lo opuesto. Algunos pueden decir que hablar no es suficiente, que las palabras nunca efectuarán cambios, pero digo que es un principio.
Tributo de la verdad.- Es esta una forma de que las Naciones Unidas paguen a los pueblos del mundo el tributo de verdad; el tributo sin el que no podemos nunca esperar que vayamos a conservar su apoyo, o a mejorar sus vidas. Esta es la razón por la que he buscado, como Secretario General, hablar de manera clara y sincera sobre todo asunto: de Kósovo a Ruanda y a Irak; de la universalidad de los derechos humanos a la necesidad de que los líderes africanos se hagan cargo de su propio destino y, más recientemente, de la necesidad de que las potencias globales comprendan las implicaciones humanas y políticas de la globalización en tiempo de crisis y contagio.
Solo al hablar estas verdades podemos asegurar que los hombres y mujeres ordinarios en todo lugar del mundo oigan a sus Naciones Unidas hablar con una voz que reconoce las realidades que enfrentan, un día sí y otro también.
Ahora bien, existen aquellos que todavía cuestionan el valor de la libertad de expresión para sus sociedades; aquellos que argumentan que amenaza la estabilidad y pone en peligro al progreso; aquellos que todavía consideran a la libertad de expresión como una imposición externa y no como una expresión autóctona de la exigencia de libertad de cada pueblo.
Lo que siempre me ha sorprendido de este argumento es que nunca lo esgrime el pueblo, sino los gobiernos; nunca los indefensos, sino los poderosos; nunca los que no tienen voz, sino por aquellos cuyas voces es lo único que se puede oír. Sometamos este argumento, de una vez por todas, a la única prueba que importa: la decisión de cada pueblo, para saber más o saber menos, para oír o ser silenciado, para ponerse de pie o arrodillarse.
La libertad de expresión es un derecho por el que hay que pelear y no una bendición deseada. Pero es más que eso: es un puente de comprensión y conocimiento. Es el vehículo esencial para ese intercambio de ideas entre naciones y culturas que es condición para una verdadera comprensión y cooperación duradera. Es por eso que creo que tenemos que analizar de nuevo este asunto de las civilizaciones.
Intercambio pacífico.- Las civilizaciones siempre se han enriquecido, y no debilitado, con el intercambio de conocimiento y artes, cuanto más libres y pacíficas mejor. En las relaciones entre naciones, es más bien la falta de educación y la carestía de conocimiento lo que constituye la principal fuente de disputa y conflicto. Nunca lo opuesto.
La propaganda se vale de la ignorancia y del prejuicio, y en la mayoría de los conflictos modernos, los belicistas hacen presa de la ignorancia del pueblo para infundir temores y despertar odios. Eso fue lo que ocurrió en Bosnia y en Ruanda, donde ideologías asesinas, incluso genocidas, se enraizaron en la ausencia de información verdadera y educación honesta. Si solo la mitad del esfuerzo se hubiera dedicado a enseñar a esos pueblos lo que los une, y no lo que los divide, se hubieran evitado crímenes indescriptibles.
Esto no es decir que las ideas y los intereses no choquen. Lo hacen, y siempre lo harán. Pero uno nunca debe confundir el enfrentamiento de ideas con el enfrentamiento de civilizaciones. Los enfrentamientos de ideas pueden y tienen que ser conducidos de manera pacífica y política para beneficio de todos.
Tal vez no haya mayor necesidad de esa percepción hoy que entre los pueblos islámicos y los de Occidente. Con demasiada frecuencia, este asunto se discute solamente por medio de generalizaciones crudas y envidiosas acerca de las creencias de un grupo o el comportamiento del otro. Con demasiada frecuencia, la retórica de la resistencia de un grupo o de otro se considera como representativa de los puntos de vista de millones.
Lo que se pasa por alto es la histórica y creciente interacción entre pueblos; las formas en que los individuos y los estados -sin importar la afiliación religiosa- definen, defienden y luchan por sus intereses; y la propensión de los estados, igual que los individuos, a formar alianzas y lealtades en campos que no son la correspondencia étnica o la afiliación religiosa.
En su discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas el mes pasado, el presidente (Mohamad) Jatamí, de Irán, propuso que las Naciones Unidas designaran el año 2001 como el "Año del diálogo entre Civilizaciones" y expresó elocuentemente la promesa de un diálogo genuino entre culturas y naciones. Cito: "Establecer o ampliar la urbanidad, bien en el plano nacional o el internacional, depende del diálogo entre las sociedades y las civilizaciones que representan varios puntos de vista, inclinaciones y enfoques".
Como sin duda reconocerán, estas son palabras valientes de un líder visionario, cuyo propio respeto por la verdad y la tolerancia -en contra de oposición doméstica poderosa- lo llevó a declarar inequívocamente en las Naciones Unidas que el gobierno de Irán no hará nada para amenazar al autor de los Versos satánicos (Salman Rushdie).
Promesa del diálogo.- Hago referencia a estas palabras del presidente Jatami no solamente para destacar lo que creo es un acontecimiento importante en un país, sino también para ilustrar la creciente comprensión global del significado y promesa del diálogo y la comunicación. En verdad, creo que la historia nos debe enseñar que, junto con una diversidad global de culturas, existe una civilización mundial de conocimiento dentro de la que las ideas y las filosofías se juntan y se desarrollan de manera pacífica y productiva.
Esta es la civilización en pos de la que las Naciones Unidas trabajan todos los días en todos los lugares del mundo; es la civilización que reconoce que el verdadero progreso se basa en paz y prosperidad duraderas; la civilización dentro de la cual los choques de ideas tienen lugar de manera pacífica y productiva.
Sócrates nos enseñó que "Solo hay un bien, el conocimiento, y un mal, la ignorancia". Al decir lo que se piensa y expresar las opiniones, al promover ese vital intercambio de ideas y de información sin importar fronteras, habremos hecho nuestra parte por ampliar nuestro "bien, el conocimiento" y derrotar nuestro "único mal, la ignorancia".
Habremos cumplido nuestra parte para hacer posible una civilización global que se define por su tolerancia a disentir, su celebración de la diversidad cultural y su insistencia en derechos humanos fundamentales y universales -una civilización que se enorgullece de proteger el Artículo 19 (de la Declaración universal de derechos humanos).
(*) Discurso del Secretario General de la ONU en la "Conferencia Harold W. Anderson 1998", celebrada en Washington, D.C., el 16 de octubre.