La distinción la escuchamos de labios de Adela Cortina. La compuso a modo de "variaciones sobre un tema de Kant" para ubicar tres actitudes que podemos asumir ante los retos de una sociedad y una economía globalizadas, o de las incógnitas del nuevo siglo. El texto original del filósofo alemán dice que "el problema del establecimiento del Estado tiene solución, incluso para un pueblo de demonios, con tal de que tengan entendimiento" (E. Kant, La paz perpetua). De allí, la distinguida académica valenciana, con agudeza no exenta de humor, nos dibuja varias posturas posibles en la convivencia social sirviéndose de las figuras de demonios estúpidos, de demonios inteligentes y de personas.
El comportamiento "a lo demonio estúpido", refiere a quien pretende pasar por la vida abriéndose paso a codazos, trepando sobre los demás, y teniendo como única referencia su exclusiva percepción y disfrute. Es el "individualismo lerdo y mostrenco" como también lo denomina la doctora Cortina. Estaríamos tentados de pensar que esa "estupidez" sólo se encuentra en actitudes patológicas, de no ser porque en situaciones de crisis, el "sálvese quien pueda" puede inducir a prácticas semejantes.
Individualismo inteligente. Tras la imagen de los "demonios inteligentes", se alude, en cambio, a otra actitud diferente y más constructiva. Con este término se quiere expresar en la línea kantiana, al "individualismo inteligente y cultivado", aquel que aun sin apelar a sensibilidad moral, se percata "de que es racional sacrificar deseos de corto o medio alcance con tal de conseguir construcciones estables a largo plazo que a todos benefician". Cuando una dinámica de transformación social y cultural como la que de nuestros días, desestabiliza tan fuertemente no sólo nuestra vida cotidiana, sino incluso nuestros esquemas de interpretación, incluyendo los religiosos; cuando se nos plantean retos globales que exigen respuestas globales y colectivas, el egoísmo de los demonios estúpidos resulta no sólo míope sino también suicida.
Sería increíble que en países, como el nuestro, que se han levantado también sobre una base de tradiciones liberales, la necesidad común de resolver serios desafíos nacionales no pudiera ser enfrentada con esa sensatez que sabe que es preciso complementar la competitividad con la cooperación, el afán de lucro con la simpatía, la ambición con la amistad cívica.
De hecho, no sólo nos enorgullecemos de un pasado en el que Costa Rica ha sabido enfrentar momentos difíciles con esa capacidad de integración de aparentes contrarios. También somos testigos de que en el reciente esfuerzo de concertación, construido a lo largo del año pasado, se apostó por hacer las cosas "con entendimiento", tratando de salvar los intereses personales y de grupos, no en el enfrentamiento, sino en la consecución de intereses comunes.
Camino inédito. Que en el proceso concertador hubo errores, los hubo. Se dieron desde el primer intento por reducir la participación a la consabida fórmula tripartita (patronos, trabajadores y gobierno), hasta la tentación final de resolver los temas más controversiales, con el recurso a "un alto grado de acuerdo", como se llamó a la fórmula. Con esta última práctica se confundía así el mecanismo concertador con otro tipo de mecanismos de diálogo social -la negociación, el parlamentarismo-, para los cuales no se había convocado. Son equivocaciones normales en un camino en gran medida inédito no sólo en Costa Rica, sino en la mayor parte de América Latina.
Pero los aciertos de la vía emprendida han sido mucho mayores y el pueblo lo consideró así en las encuestas durante el proceso. Análisis mesurados lo han señalado como "el intento más estructurado y sistemático" que en este sentido se haya realizado en la historia costarricense. Y la consecución de más de 150 acuerdos, por la vía del consenso, confirman la idea de que este es el camino acertado -una vez corregidos los errores- para enfrentar colectivamente los retos que encaramos. No es posible que tras haber escrito esta página de nuestra historia, echemos para atrás, rondando las cuevas de los demonios estúpidos, dejando que el forcejeo y el conflicto definan nuestro futuro.
Por supuesto que el "individualismo inteligente" no es el último ideal para una sociedad. Adela Cortina, en esas jornadas organizadas hace pocos días por la Cátedra Víctor Sanabria y la Rectoría de la Universidad Nacional, nos lo repetía: no es el último paso, pero "es un primer e importante paso de la ética pública" descubrir que la cooperación, y la concertación como instrumento, es una vía más racional en el mediano y en el largo plazo. Luego siguen otros dos descubrimientos: que también a una sociedad conviene compartir equitativamente cargas y beneficios y que a todos nos realiza más pasar del "actuar con los demás por interés" a interesarnos verdaderamente por los demás, porque son valiosos como personas. Pero ese camino hay que hacerlo andando.