Mi esposa se despertó hoy diciéndome que había soñado con Cartago. No la brumosa, noble y leal, en que yo nací, sino la otra, la que destruyeron los romanos. Al oírla, se me removieron los recuerdos de mis días de profesor de Historia Antigua.
¡Cartago debe ser destruida! Con esta frase terminaba Catón –líder del partido guerrerista– todos sus discursos, allá por el año 150 antes de Cristo. Daba igual que se encontrara en el Senado, en el Foro o en las termas, y no importaba de qué asunto se tratara. No era cuestión de vencerla. Había que destruirla, arrasarla, borrarla de la faz de la Tierra. Con todas sus piedras, sus habitantes y hasta su recuerdo. Y el persistente punto de vista de Catón, como gota de agua en el granito, fue calando y calando, hasta ser aceptado sin crítica por gran parte de los ciudadanos romanos, por lo demás muy racionales y civilizados.
Potencia del Mediterráneo. Cartago se originó como una colonia comercial fenicia. Fue fundada por mercaderes de Tiro a mediados del siglo IX a. C., según contaban sus tradiciones. El punto escogido, en la Tunisia actual, constituía una escala muy apropiada para los comerciantes fenicios que cubrían el Mediterráneo y las costas más allá de lo que los griegos llamaban "Columnas de Hércules" (hoy estrecho de Gibraltar). La colonia fue bautizada “Qart Hadasht”, que en fenicio significaba “ciudad nueva”, de donde viene su nombre latino. Para su emplazamiento se escogió un istmo fácil de defender y con magnífico puerto natural. Cuando Tiro fue conquistada por los asirios en 574 AC, la población de la nueva ciudad fue engrosada por gran número de refugiados llegados en una flota que logró escapar de la antigua metrópoli. A partir de ese momento, el crecimiento de Qart Hadasht fue vertiginoso. Todo el perímetro del istmo fue fortificado y la ciudad-estado comenzó su lucha por asegurar su dominio en el Mediterráneo occidental.
Los primeros choques de Cartago contra concurrentes tuvieron lugar por enfrentamientos con las colonias griegas de Sicilia. Como resultado de la batalla de Alalía, en el 540 a. C., Cartago pudo apoderarse del oeste de la isla, lo que le permitió extender enseguida su dominio hasta Córcega y Cerdeña. A partir de entonces se convirtió en la indiscutible potencia del Mediterráneo occidental.
No obstante, un nuevo contendiente emergía con gran vitalidad. Roma, una pequeña ciudad del Lacio, había conseguido librarse del yugo etrusco y estaba extendiendo su poder por el centro de Italia mediante una superior organización militar. Su expansión por la península itálica seguiría fácilmente. Se iba haciendo cada vez menor la separación entre las dos ciudades-estado rivales. La inevitable chispa saltaría en Sicilia, donde estalló la guerra en el año 264 a. C.
Reacción campesina. Es de advertir que Roma no fue nunca por designio una nación imperialista. Todas las guerras que emprendió fueron en reacción defensiva contra alguna amenaza; o, mejor dicho, contra lo que ella consideraba una amenaza. Como bien lo hace notar el historiador español José I. Lago, en la mentalidad campesina romana cada acontecimiento anormal era sentido como un peligro inminente. Fácilmente atemorizable, reaccionaba ante el peligro con violencia desproporcionada. Era la reacción del campesino que ve a un extraño tocar sus tierras, reacción de pánico convertida en explosión de violencia incontrastable.
Tres guerras desangraron a ambos contendientes. Atosigada por la insistencia de Catón, Roma finalmente destruyó Cartago. Su población fue muerta o esclavizada. Sus magníficos edificios, primero incendiados, luego demolidos. Por último, sus cimientos fueron extraídos y pulverizados. El páramo resultante fue sembrado con sal para que nunca nada pudiera volver a crecer ahí, y todo resto de su cultura, eliminado de la faz de la tierra. Los arqueólogos modernos solo han podido recuperar pequeños vestigios de lo que fue una vez la mayor y más rica ciudad del Mediterráneo.
Los decenios que siguieron a estos tristes acontecimientos verían transformarse la egregia y conservadora República Romana en una dictadura militar: el Imperio Romano. Durante casi medio milenio sojuzgaría con crueldad toda la cuenca del Mediterráneo y la mayor parte de Europa.