Al morir un papa, sale a relucir la profecía de san Malaquías, obispo irlandés del siglo XII, que predijo la lista de los papas futuros, identificando a cada uno por un lema en latín que describe algún rasgo de su persona.
Cabe señalar lo llamativo del hecho de que muchos de esos títulos aciertan en indicar una o varias características del papa en cuestión. El lema que corresponde a Juan Pablo II es De labore solis, 'Del trabajo del sol'.
Es significativo que este venga inmediatamente después del 'De la brevedad de la luna' (De medietate lunae, Juan Pablo I, que fue papa por un mes); la relación de sentido entre Luna y Sol se refleja en que estos dos papas tienen igual nombre. Pero así como hay una semejanza, hay un contraste: la luna es tenue y breve, mientras que el sol es ardiente y duradero; así Juan Pablo I fue fugaz como la media luna de su sonrisa, en tanto que Juan Pablo II ejerció un pontificado largo, pleno y brillante. A los 33 días de Juan Pablo I (solo una luna y algo más) se contraponen los 26 años de Juan Pablo II, que son como las 24 horas del día coronadas por otras dos que dejan más que completo su recorrido.
Nuevo rumbo. Pero trascendamos la superficialidad de los números. Si el título De labore solis es apropiado para Juan Pablo II es porque, en efecto, su papado ha sido una jornada ardua y extensa como el recorrido del sol en un día de trabajo. Al comenzar en 1978, la Iglesia Católica se hallaba sumida en una grave crisis doctrinal, pastoral y espiritual surgida, no del Concilio Vaticano II en sí, sino de las tensiones posteriores a él. Los actores de esa crisis iban desde los liberales (como los teólogos de la liberación en Latinoamérica o el suizo Hans Küng) que pretendían implantar en la Iglesia diversas versiones de la teología secularista apartada de las Escrituras y de la tradición histórica, hasta los tradicionalistas como los seguidores del arzobispo Marcel Lefèvre, que renegaban del Concilio y querían volver a una Iglesia de estilo tridentino. Y entre esos extremos, toda una gama de tendencias y teologías más o menos próximas a una línea central y equilibrada.
Juan Pablo II tomó con vigor el timón de la Iglesia y, durante 26 años, con numerosas encíclicas, decretos, medidas disciplinarias, nombramientos episcopales y viajes apostólicos a todos los rincones del planeta, se dedicó a enderezar su rumbo. No titubeó en caerles mal a los liberales al desautorizar a Küng o denunciar en la teología de la liberación elementos incompatibles con la revelación cristiana, pero fue más severo con los tradicionalistas al excomulgar a Lefèvre.
Tradicionalismo y liberalismo. De camino se ganó la enemistad de los que promovían un cristianismo adulterado con elementos ideológicos, de los que querían abandonar la moral bíblica, de los paladines del aborto y de la mentalidad "antivida", de los sincretistas de la Nueva Era y de quienes relativizaban el carácter singular de Cristo y de la fe cristiana como único camino de salvación. Pero también puso en acción la renovación eclesial en la línea del Concilio, mediante una profunda reestructuración de la Curia romana, el fortalecimiento de las instancias locales de la Iglesia, el fomento de una espiritualidad de comunión y participación con una amplia acción del laicado, la promoción valiente de un auténtico ecumenismo cristiano; y sobre todo proclamando la centralidad de la persona de Cristo y la conciencia de que todos los cristianos están llamados a una intensa labor de evangelización en un mundo cada vez más secularizado.
Ahora "el trabajo del sol" ha quedado completo. Sin duda todavía permanece en la Iglesia el fantasma del tradicionalismo, a menudo envalentonado por la constante afirmación que hizo el Papa de la doctrina histórica de la Iglesia; también están activas las insidiosas corrientes liberales en diversos campos. Pero Juan Pablo II dejó claro, con la firmeza y coherencia de sus palabras y acciones en un largo cuarto de siglo, que, por una parte, la Iglesia debe renovarse continuamente siguiendo la guía del Espíritu manifestada ante todo en el Concilio; y, por otra, que esa indispensable renovación solo será auténtica si se mantiene fiel a la ortodoxia cristiana expresada en la Biblia, en el legado de los Padres de la Iglesia y de los santos, en la constante práctica litúrgica y espiritual y, en fin, en la guía unívoca que el Espíritu Santo ha dado históricamente al pueblo de la Nueva Alianza.