En un curso reciente sobre Historia de la Arquitectura se resaltaba la función del ágora griega como el espacio de la ciudad donde llegaban sus habitantes a conversar. Según Jorge Wagensberg, conversar es quizás el mejor entrenamiento que puede tener un ser humano para ser humano.
Fue el humanismo la principal virtud que nos legaron los griegos y que todavía persiste en nuestro mundo occidental. El ágora griega era el lugar de encuentro casual, el mercado de la ciudad, la tribuna de los políticos y el tribunal del pueblo. Desde lo alto de una colina contigua, la acrópolis, santuario de las deidades atenienses, vigilaba las acciones de los ciudadanos obedientes de los designios de sus dioses. Allí mismo, Platón fundó la Academia y Aristóteles, el Liceo, lugares donde se daba más importancia a las preguntas que a las respuestas y más interés provocaban las negaciones que las afirmaciones.
Lugar de intercambio. La polis griega se nutría humanísticamente de la conversación, de tal manera que la retórica era valorada, y enseñada, con mayor interés que las matemáticas, que se consideraban, en un principio, una gimnasia espiritual. Ya los griegos se habían dado a conocer en las costas italianas (Paestum, Siracusa) cuando los conquistadores romanos luego pusieron pie en Grecia, sintiéndose atraídos por las ideas, arquitectura y deidades griegas, las cuales adoptaron sin vacilar.
El sentido del ágora también fue copiado e institucionalizado por los sucesivos emperadores romanos en un espacio al que llamaron foro. Allí se encontraba el centro cívico de la ciudad ( civitas ) donde se llevaban a cabo actividades civiles, comerciales o jurídicas.
Conversar en el ágora, conversar en el foro, intercambiar opiniones, transmitir ideas, vencer con la retórica al contrincante, hacer amigos fue, desde siempre, el motor de toda sociedad. Sin embargo, para eso había que coincidir en un lugar, que era un mismo espacio, con un lenguaje similar, con una historia en común, con tradiciones propias, con una identidad compartida.
En América Latina, los conquistadores españoles impusieron, al fundar las ciudades, el trazado en cuadrícula que los urbanistas etruscos habían utilizado en sus territorios. En San José, los cuadrantes son: Catedral, Merced, Carmen y Hospital y, en el cruce de los dos ejes que los divide, está el parque Central, ágora josefina que, en su momento, fue sitio de recreación y esparcimiento y que está hoy en franca decadencia, desplazado por el parque de La Merced que es ahora el sitio de conversación, intercambio y socialización de la migración nicaragüense.
Desde el ágora griega al parque Central no hay más que 2.000 años en los que siempre ha existido la necesidad del ser humano de encontrarse y conversar.
El espacio se agotó. Sin embargo, algo ha cambiado en este último siglo: ya nadie funda ciudades. Pareciera ser que el espacio se ha agotado y que tendremos que conformarnos con lo existente. Las villas de otras épocas contaban con el espacio cívico o vecinal que permitía informarse, discutir e intercambiar opiniones. Cuando la villa pasó a la categoría de ciudad, se quebró ese lazo que vincula con los demás y las distancias que desunen se estiraron cada vez más.
Ya se han fundado todos los centros administrativos posibles y solo queda esperar que la densidad de nuestras ciudades no ahogue a sus habitantes.
Las metrópolis se expanden y el contacto entre los ciudadanos se realiza ahora por medios electrónicos. Ya no existe la noticia boca a boca ni el lugar común para comentarla y juzgar a sus protagonistas.
El teléfono, el fax, los mensajes de texto, el correo electrónico son el medio de encuentro y no el lugar de encuentro. Conversar en un lugar nunca será lo mismo que encontrarse en el espacio cibernético para intercambiar mensajes.
El ágora ateniense, el foro romano, la plaza Mayor, el parque Central fueron siempre el espacio y lugar de conversación hasta que la expansión de la ciudad entreveró los caminos que permitían el encuentro.
Solo nos queda descubrir, al igual que los filósofos griegos, una rápida respuesta a un problema en el que está en juego nuestra necesidad de no convertirnos en un chip cibernético y seguir perteneciendo a un humano contexto social.