
Las elecciones presidenciales rusas, efectuadas el domingo último, no depararon un triunfador y han obligado a convocar una segunda ronda en julio. Con una participación menor de la esperada -inferior al 70 por ciento-, ni el actual mandatario, Boris Yeltsin, ni su rival comunista, Guenadi Ziuganov, lograron rebasar el 50 por ciento requerido para alcanzar la victoria. Y la estrecha ventaja obtenida por Yeltsin, quien recibió el 35 por ciento de los sufragios, frente al postulante comunista -32 por ciento-, sugirió un empate que, de persistir en la próxima eliminatoria, sería desalentador para el futuro democrático de Rusia y la conexa estabilidad europea.
En mucho, la indecisión visible en los comicios dominicales obedeció a la desconfianza del público hacia los dos principales postulantes. Yeltsin, otrora enérgico oponente del orden comunista y defensor de las libertades fundamentales, ha decepcionado como Presidente. Su errática conducción y el resurgimiento de los antiguos cuadros burocráticos soviéticos que propició, han motivado el rechazo de importantes sectores. Por ello, si bien enfatizó en su campaña la necesidad de proseguir en la ruta de la democracia y las reformas, su discurso no entusiasmó a los votantes. A su vez, Ziuganov no pudo sacar al Partido Comunista de su estancamiento. La seguridad económica y personal que prometió vislumbraba un vuelco al pasado dirigista y represivo, y su retórica teñida de odios étnicos marcó una nota ominosa temida por la mayoría de la población, sobre todo los estratos más jóvenes.
Sin embargo, en la jornada del domingo se evidenció un mensaje claro. A pesar de la indefinición en torno a los dos candidatos favoritos, fue manifiesto el abrumador respaldo en las urnas a la causa democrática y a la liberalización del sistema económico. Sumados los votos obtenidos por Alexander Lebed -15 por ciento- y Gregori Yavlinski -8 por ciento-, aspirantes que propugnan tesis similares a las de Yeltsin, el balance fue contundente en favor de continuar la transformación precipitada por el colapso de la URSS en 1991. Yeltsin, obviamente, ha comprendido el significado y alcances de dicho resultado. Sin desperdiciar tiempo, selló una alianza con Lebed, popular exgeneral anticomunista a quien de inmediato designó para encabezar el Consejo Nacional de Seguridad, hasta ahora controlado por militares del viejo aparato soviético. También intenta consolidar el apoyo de los seguidores de Yavlinski, el más conocido y respetado ideólogo del campo reformista. Si el mandatario consigue aglutinar todas esas fuerzas, su éxito en la segunda ronda será indiscutible.
Distintas, y mucho menos halagüeñas, son las perspectivas de Ziuganov, cuya máxima esperanza se cifra en atraer al grupo de tendencia fascista jefeado por Vladimir Jirinowski. Del sorpresivo 23 por ciento conquistado en los comicios parlamentarios de 1993, Jirinowski apenas recibió ahora el 6 por ciento. Tal compañía, lejos de mejorar las posibilidades del comunismo, podría perjudicar a Ziuganov, pues el controversial dirigente radical es anatema para las corrientes predominantes del electorado ruso.
La definición que pende de la segunda ronda es crucial. Dicha jornada promete superar la dispersión de la vertiente democrática patente el domingo. Ofrecerá así opciones más claras y campos más definidos que facilitarán un escogimiento cuyos alcances fueron distorsionados al final de la reciente campaña por la competencia populista entre los aspirantes. En las nuevas circunstancias electorales derivadas del inminente realineamiento de fuerzas, la esperada victoria de Yeltsin augura una marcha menos zigzagueante hacia la democracia efectiva. La alternativa: un retroceso fatal para el pueblo ruso y para la paz del mundo.