
Me acerqué al libro de Huntington La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX, con humildad, por tratarse de un consolidado maestro, director del John M. Olin Institute for Strategic Studies de la Universidad de Harvard. Pero al mismo tiempo, leí el documento sin complejos, confiado en que los costarricenses, al fin y al cabo, algo deberíamos tener que decirle al mundo acerca de nuestra experiencia democrática como nación. Así que excúseseme el atrevimiento.
Desde las primeras páginas, sin demora y con el ánimo honesto de alertar al lector, el autor nos advierte acerca de la enconada discusión epistemológica surgida en la ciencia política, entre quienes han apuntado hacia definiciones normativas y de contenido respecto de la democracia, versus aquellos otros que han optado más bien por definiciones meramente descriptivas y formalistas.
El autor proclama, no sin cierta razón dado el ocaso en que se encuentran las posiciones normativistas, el triunfo de las segundas sobre las primeras. Así, Huntington empieza por donde quizá debió terminar, afirmando que "aparecen serios problemas de ambigüedad e imprecisión cuando se define la democracia en términos de autoridad o de propósitos, y usamos en este estudio una definición basada en procedimientos".
En verdad, la única razón esgrimida por el profesor Huntington en toda su obra, para descartar aquellas posiciones que buscan definir la democracia en términos de su contenido y no por elementos puramente formalistas, ha sido la dificultad para llegar a establecer parámetros válidos de medición. Aquí comenzó mi rebeldía frente a la tesis del autor porque, que yo sepa, nunca el conocimiento científico en general ha optado por un trillo fácil para despejar el de por sí pedregoso y embrollado camino de buscar explicaciones causales, objetivas, y también útiles, acerca de los diferentes aspectos de la realidad.
Veo entonces en las posiciones formalistas, cuya enunciación más exitosa arranca con la definición "schumpeteriana" acerca de la democracia (1942), la expresión de un cierto pragmatismo, no desprovisto de un "facilismo" metodológico, que hoy cabalga a lomos de la crisis en que se encuentran las ciencias sociales en general en este fin de siglo; pues carecen de valor predictivo en el cortísimo plazo, dada la vertiginosidad con que se suceden los cambios en el mundo y la inverosimilitud de ciertos acontecimientos relevantes (el colapso del campo socialista, por ejemplo).
¿Y qué dice la definición de Joseph Schumpeter antes aludida? Dice que "el método democrático es el acuerdo institucional, para llegar a las decisiones políticas, en el que los individuos ejercitan el poder de decidir por medio de una lucha competitiva mediante el voto del pueblo".
Tal definición, útil como es, deviene completamente insuficiente, en especial en un contexto político como el costarricense, pues por esa vía se terminan equiparando u homologando "democracias" tan disímiles como la nicaragüense o la guatemalteca, por ejemplo, con la costarricense.
Por otro lado, la democracia costarricense de hoy, comparada consigo misma hace veinte o treinta años atrás, según esta perspectiva, no habría sufrido ninguna alteración sustancial, independientemente de la evolución o involución de la madurez política de sus ciudadanos, del peso de los modernos medios de comunicación en la decisión de los electores, o de las mismas encuestas políticas de opinión, las cuales inducen a los ciudadanos a emitir el voto en un determinado sentido, cuando anuncian pocas horas antes del día de los comicios, con un alto valor predictivo, quién será el ganador del torneo.
Unas páginas más adelante, el propio Huntington extrapola el punto de vista de Schumpeter, radicalizándolo aún más al afirmar que "... la elección popular de los que toman las decisiones en la cúpula es la esencia de la democracia... (por lo que)... el punto crítico en el proceso de democratización está en el reemplazo de un gobierno que no fue elegido de esta manera por uno que lo haya sido en unas elecciones limpias, libres y abiertas".
Huntington no desconoce que un gobierno electo por la mayoría puede resultar "ineficiente", "corrupto", de "corta mira", "irresponsable" y hasta "incapaz de adoptar políticas que exige el bien público"; un gobierno así puede ser indeseable, pero, nos dice, es al fin y al cabo un gobierno democrático.
Desde mi óptica, la democracia como sistema político y de convivencia social no es algo pétreo, inconmovible, como se desprende de la visión que conserve casi exclusivamente la democracia, como la elección de un gobierno por la mayoría de los votantes.
Si en un país, como parece ser el caso de Costa Rica, no obstante haber tenido "periódicas", "limpias" y "abiertas" elecciones, su sistema social se ha ido polarizando, la clase media se ha ido desgastando, los ricos se han hecho inmensamente más ricos, y los pobres mucho más pobres de lo que eran, todo ello es revelador de que algo serio está fallando, justamente en la esencia misma del sistema democrático. Para Huntington, de acuerdo con su unilateral punto de vista, esto no sería así, ya que en el país han funcionado todos los indicadores claves de lo que él entiende como la esencia de la democracia.
En el caso concreto de Costa Rica, nos hemos ido quedando con una democracia acartonada y fosilizada; no obstante, ella reúne con creces todos los indicadores mencionados por Huntington. De qué nos sirven a los costarricenses esos indicadores como expresión de democracia, si en nuestras propias barbas ella se diluye, se deteriora, se desprestigia. Hoy por hoy, la cuestión no es de participación por medio del voto solamente (dedocracia) pues el colapso del Estado verticalista y paternalista han abierto fisuras entre la autoridad del Estado y la sociedad civil. Rehacer esta madeja de relaciones es quizá uno de los retos de la época moderna, para que nuestra democracia resurja incólume en el siglo venidero.
La máxima de la democracia del gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo y como ha dicho nuestro poeta Isaac Felipe Azofeifa, con el pueblo, no tendría ningún sentido, ni podría llevarse a cabo, desde la perspectiva que nos ha planteado el profesor Huntington.