Víctor E. Frankl, famoso médico psiquiatra y filósofo vienés, sobreviviente de varios campos de exterminio nazis, decía, después de reflexionar profundamente sobre la condición humana, haber concluido, que solo dos tipos de seres hay en el mundo y nada más que dos: los decentes y los indecentes.
Cuando uno se entera por la prensa de lo que ocurre en la élite política de Nicaragua, las sabias palabras de Frankl regresan a la memoria golpeando la conciencia como si fueran martillazos. ¿A cuál de los dos grupos, según Frankl, pertenecen los más conspicuos miembros de la clase política nicaragüense? La respuesta es obvia.
Como ya es sabido por el mundo entero, el “pez” más gordo, literal y figuradamente, está en la cárcel por ladrón. Uno o dos compinches suyos también. Ante este triunfo de la justicia sobre delincuentes poderosos, inclinemos levemente la cabeza.
Cinismo y deshonestidad. Daniel Ortega ocupa el segundo lugar (para algunos el primero) en la escala del cinismo y la deshonestidad, aunque nunca haya pasado ni posiblemente pasará un solo día en la cárcel por sus fechorías. Autor principal de la “piñata” vive a lo grande en una fastuosa residencia en Managua, intocable por la ley mientras goza de inmunidad, palabreja esta que solo sirve para que los grandes delincuentes políticos de cuello blanco vivan a sus anchas, sin importar la magnitud del latrocinio cometido.
El caso del presidente Enrique Bolaños, un señor con cara de bueno, es particularmente irritante y doloroso. No porque sea ladrón al estilo de Alemán, sino porque al comienzo de su mandato insufló esperanzas de que podría convertirse en un paradigma de la lucha de la honestidad contra los malhechores y fascinerosos. Pero él mismo, por omisión que no por comisión, se encargó de demostrar lo contrario. Recordemos sus palabras al inicio de su mandato: “Arnoldo, le quitastes la comida de la boca a los pobres”. Palabras que se las llevó el viento. Ahora, el buen señor se ha negado repetidamente a renunciar a sus $8.000 mensuales de pensión como exvicepresidente mientras goza de un salario mensual de $10.000 como presidente. En total, se embolsa $18.000 al mes en un país sumido en la miseria, a pesar de ser rico en recursos naturales. Y todavía tiene la desfachatez de pedir al Gobierno tico que escriture la Carpio a favor de los nicas, víctimas inocentes de los perpetradores de la indecencia política en su país.
Se encendió luz roja. Aquí en Costa Rica, donde presumimos ser vestales impolutas, recientemente se ha encendido una luz roja para advertir que en el área de las telecomunicaciones podría haberse cocinado, allá en Europa, un gran negocio con olor a podrido, de esos que en un abrir y cerrar de ojos convierten a un asalariado en un multimillonario.
En la Italia delle mani pulite, de grata memoria, los carabineros, con la orden del juez, ya habrían sacado esposado al sospechoso de su despacho para interrogarlo hasta conocer la verdad.
En Costa Rica, los ciudadanos comunes y corrientes no podemos aspirar a tanto, pero sí, como primer paso, a que el contralor general actual y quien lo sustituya próximamente, se aboquen fieramente a investigar este caso para, si hay mérito, enviarlo al Ministerio Público e infligirle así una buena dentellada al reino de la impunidad que nos tiene ubicados en la despreciable lista de países corruptos.