Los procesadores de tarjetas (los dueños de las maquinitas) cobran a los comerciantes la misma comisión (entre 2% y 7%) por transacciones con tarjeta de crédito que por las de débito. Esto no tiene sentido ni para los consumidores ni para los comerciantes. En un ambiente realmente competitivo tampoco tendría sentido empresarial para los procesadores.
La tarjeta de débito opera contra la cuenta corriente o de ahorros del cliente. Cuando se usa la tarjeta de débito se le reduce (debita) inmediatamente la cuenta del usuario y, previa disminución de la comisión, se le paga al comerciante. A diferencia de las transacciones con tarjeta de crédito, esta operación no implica riesgo financiero. El banco emisor no otorga crédito. La transacción es esencialmente de contado. El costo de operación para el emisor es de procesamiento. Este es mínimo comparado con el costo de una transacción en sucursal y, definitivamente, no es proporcional al monto de la compra.
Las transacciones con tarjeta de crédito sí contienen un riesgo implícito. La persona puede no pagar y, aunque pague a tiempo, el emisor recibe el dinero en promedio 45 días después de efectuada la transacción. En ese riesgo y en ese crédito se fundamenta la comisión que se le cobra al comerciante.
Aunque los contratos digan lo contrario, los comerciantes racionalmente prefieren y brindan beneficios (descuentos y premios) a los que pagan de contado sobre los que lo hacen con tarjeta, sin importar si es de crédito o débito. Esta práctica genera un comportamiento, también racional, por parte de los consumidores. O van al cajero automático a sacar el efectivo antes de comprar o usan tarjeta de crédito. Como al pagar con tarjeta no reciben los descuentos de contado usan la de crédito.
En países desarrollados con fuerte competencia bancaria, las comisiones cobradas a comerciantes varían si la tarjeta es de crédito o de débito.
Aquí, todavía no.