El buen momento por el que pasa el sector lácteo costarricense no registra, sin embargo, una justa participación de sus constituyentes en los resultados. Si hay clavos de oro, ellos están quedándose en la palangana de los oreros ubicados en la fase industrial del sector.
Las fincas productoras de leche ciertamente están cosechando los frutos de su empeñosa dedicación al mejoramiento de la genética, de las pasturas y de las instalaciones, lo que les ha permitido –de la mano de los ajustes periódicos en el precio de la leche– superar apremios y encarar los incrementos de costos de producción, nunca para hacer clavos de oro.
En Centroamérica, a los productores de leche se les paga un mejor precio que el reconocido al productor costarricense ($0,37 el kilo de leche íntegra, en tanto en Guatemala es de $0,42). Además, las cargas sociales son notoriamente inferiores, pero, en el vecindario, el precio de los lácteos es más alto que aquí.
A pesar del precio de las gaseosas y del agua embotellada al público, este se queja de que la leche y sus derivados están muy caros. Es usual que reaccione contrayendo la demanda cada vez que sube el costo. Todavía más: atribuye a los lecheros un enriquecimiento envidiable.
Oligopolio industrial. Pero mejor sería analizar con detenimiento la estructura del sector para percatarse de que en el componente industrial opera una conformación oligopólica que saca diversas ventajas de ello; en particular, del hecho de pagar a la finca el menor precio de todo el istmo.
De ahí resulta que los productos que exportan al vecindario, que son elaborados con la leche más barata y que son vendidos a mayores precios, les resultan un enjundioso negocio.
Es decir, el productor nacional recibe el precio más bajo con un recargado esquema de costos por cargas sociales y por el costo de los insumos, que le impone una mayor tecnificación.
Por la conformación genética de gran parte del hato nacional es preciso proveerle de concentrados elaborados con grano importado, hoy a muy altos costos por la presión de la demanda mundial a raíz de la aparición en el escenario de la explosión de las economías asiáticas y del desplazamiento de la producción de maíz hacia el campo de los energéticos.
Utilidades y excedentes. Soy del criterio de que al productor de leche deben cambiársele las reglas de juego en materia de precio: debe abandonarse la sujeción a un índice de costos que maneja el principal agente industrial del ramo, por cierto, plagado de deformaciones e impertinente en circunstancias oligopólicas, y debe seguirse el comportamiento del precio internacional.
No digo que el precio al consumidor final deba elevarse, pero sí que las políticas de utilidades y excedentes de la industria se morigeren.
Debemos plantearnos una definición de objetivos en cuanto a los lácteos: no solo asegurar la satisfacción de la demanda interna y la incursión en mercados externos, sino también la composición del mundo de las fincas. Si no hay cambios, aquí va a inducirse la concentración de la propiedad a partir de que solo las unidades grandes van a poder amoldarse a una estructura de costos cada vez más incómoda. Las fincas pequeñas y en parte las medianas sufrirán por el impacto de los costos ante la dificultad de crecer, y por la partición del patrimonio familiar, una vez que desaparece el cabeza de familia.
En Latinoamérica, solo Costa Rica, Uruguay y Argentina son autosuficientes en el aprovisionamiento de sus necesidades en lácteos. Si queremos conservar este privilegio, hemos de imponernos cambios, máxime si se uniforman hacia abajo los aranceles dentro de la Unión Aduanera Centroamericana (para lo cual los grandes consorcios internacionales han sabido posicionarse muy bien para desplegar influencias) y si se aprueba el TLC, donde la desgravación total se consumará a los 20 años y la cláusula de salvaguarda por volumen adquiere apenas un valor simbólico. Valga lo anterior para dudar de que los “lecheros vislumbran el mercado con muy buenas perspectivas” ( La Nación , 2/6/07).