Recientemente en un pequeño y muy bueno, por cierto, restaurante cerca de mi casa, en Llorente de Tibás, una empresa de refrescos embotellados, mundialmente famosa, y que no es la Coca-Cola, puso un rótulo muy bonito y más llamativo.
La ocasión valía la pena, el nuevo local comercial está en zona muy transitada, cerca de grandes empresas, y su dueño que no digan que estoy haciendo propaganda es un extraordinario cocinero y, además, ofrece muy buenos precios.
Sin embargo, en el rotulito en cuestión, cuando se habla de los buenos precios, los hacedores de la manta, aunque fueron muy cuidadosos en su estética olvidaron una norma esencial: la ortografía.
Buenos PRESIOS, dice el rótulo, aunque supongo que lo quitaron o lo corrigieron. Pero esa no es la cuestión. El asunto debe ir más allá de una simple manta publicitaria. En las aulas universitarias me he encontrado con verdaderas aventuras ortográficas que, en más de una ocasión, me han obligado a salir corriendo, en busca de un diccionario, con el fin de determinar si es mi ortografía la que falla, si es mi vista, lo que es normal en un cincuentón, o si la pereza de los estudiantes les impide aplicar las más elementales reglas del buen escribir.
Pero también me ocurre lo mismo cuando me asomo a los cuadernos de mis hijas colegialas y es, entonces, cuando me pregunto qué es lo que está fallando. A alguien, por supuesto, se le ocurrirá decir que los errores originales provienen del hogar, porque la educación debe ser un asunto general que... bla, bla, bla.
Otros dirán que el maestro no se ha preocupado lo suficiente, cosa que pongo en duda, y que ha dejado el asunto de la ortografía a la mano de Dios.
No sería de extrañar que otros muchos le achaquen la culpa del mal a las computadoras, porque para algunos la máquina todo lo puede hacer, todo lo sabe hacer y, por lo tanto, lo que ella disponga, está perfecto.
Ah... las malditas computadoras, muchos de sus usuarios aún no saben que son un instrumento del conocimiento y una herramienta de trabajo.
Pero ese no es el caso, pues en el asunto del buen escribir. cuyo dominio pertenece a muy pocos y yo, por supuesto, excluido, hay verdaderas catástrofes. Aún conservo en mi poder una fotografía tomada en Playa Jacó, hace muchos años, en que se leía en un rótulo amarillo con negro, colores muy llamativos en el gusto publicitario que decía: Rent a horse, tanque lleno. Tal vez habrán querido decir "panza llena".
Para finalizar, el restaurante sigue siendo muy bueno, al menos hasta el sábado; sin embargo, espero que esos buenos PRESIOS no afecten mi presupuesto y que el PRECIO sea tan justo como el cumplimiento de la buena ortografía.