Alguien me hizo la observación de cómo una compañía fabricante de hojas de afeitar había, prácticamente, monopolizado el mercado local. Tras asegurar un mercado cautivo, esa compañía comenzó a descontinuar la oferta de sus propios modelos, con excepción de los últimos y más caros. Así el consumidor se ve obligado a adquirirlos y descartar la "vieja" maquinilla, aunque funcione satisfactoriamente.
Lo anterior constituye un buen ejemplo de cómo los monopolios pueden afectar al consumidor y, de paso, me hizo recordar un artículo de don Enrique Castillo (La Nación, 15 de noviembre de 1998) en el cual hablaba de la obsolencia planificada y su mensaje de "hay que comprar el último modelo", aunque este se diferencie poco o nada del anterior.
Ahora bien, si en el caso de las hojas de afeitar el asunto se puede resolver dejándose crecer la barba o buscando otras alternativas de afeitado, no sucede lo mismo con otros monopolios, como el de las telecomunicaciones o el combustible, donde no hay más que aceptar el producto al precio que se indique, so pena de quedar a pie e incomunicado.
En conclusión, este asunto de los monopolios se las trae y si bien es cierto no toda apertura, por sí misma, garantiza un beneficio para el consumidor, también es cierto que la ausencia de competencia desalienta la búsqueda de la excelencia y constituye una amenaza directa para el progreso. Ojalá, entonces, se llegue al consenso requerido para tomar las medidas que permitan una apertura sana y transparente, en donde impere el deseo de contribuir al avance de Costa Rica pero, procurando ante todo, que éste se erija sobre bases sostenibles y no, como decía don Enrique en su artículo, a costa del sacrificio de muchos.