Las luchas entre galos y teutones quizá hasta se perdían en el tiempo. Más tarde, Carlomagno incorporó sus tierras a su imperio, el cual se dividió a su muerte y dio nacimiento a varias naciones de occidente y concretamente a Francia y Alemania. Napoleón, en su audaz campaña por Europa hasta llegó a dominar a Prusia, cuna de los Junkers, y en el último siglo y medio, Bismarck en 1870, el Kaiser en el 14 y Hitler en el 39 invadieron Francia, y dejaron a su paso una estela de destrucción y profundos resquemores. Pero, a su vez, estos pueblos habían establecido múltiples lazos culturales, políticos y comerciales a lo largo del tiempo enriqueciendo las riberas del Rin e inspirando a Goethe, Heine, Madame de Staël y Víctor Hugo, entre otras glorias de su riqueza humana. De la historia debía rescatarse esta espléndida cantera. Pero se necesitaba un valor singular para intentarlo. Proclamar, ante sus pueblos y ante los pueblos del mundo, después de los profundos dramas que todos habían sufrido por el rompimiento de las relaciones entre estos dos países, que se debía olvidar ese pasado para iniciar juntos una senda de entendimientos que condujera a consolidar Europa, solo podían hacerlo dos figuras que, con el sedimento de los años, habían alcanzado la serenidad espiritual, la lucidez mental y la fortaleza de carácter que las habían agigantado en los universos políticos de sus respectivas naciones.
Konrad Adenauer –der Alte, el Viejo– como con cariñoso respeto le llamaban sus compatriotas, sentía el ímpetu para dar el paso como canciller de Alemania, pero sabía que necesitaba un interlocutor confiable al otro lado de la frontera y lo encontró en 1958 al llegar al poder Charles de Gaulle. Ambos alcanzaban cifras altas en sus edades: Adenauer, 82; De Gaulle, 73. Pero, como la plenitud en la vida no se debilita por los años, sino por la forma de vivirlos, ellos conservaban el vigor y la inspiración que también poseían Miguel Ángel cuando esculpió La Piedad a los 88 y Cervantes cuando escribió El Quijote casi a los 70.
Adenauer, dirigente de la nación derrotada y aún dividida, repetía sin cesar que su pueblo había sido doblado, pero no quebrado, y en un gesto visionario y digno pidió ver a aquel general de las armas victoriosas, quien, sin dudarlo, lo invitó a venir a su casa en las afueras de París, –la Bosserie– para que en el cálido ambiente de su hogar se celebrara aquella trascendental entrevista.
De Gaulle. Ambos habían sido creados en medio de gran austeridad. Adenauer a veces en la pobreza, al extremo que de pequeño, al aproximarse una Navidad, su padre hubo de decirles a sus hijos que escogieran por esos días entre comer carne o tener un árbol de Navidad. Todos votaron a favor del árbol. Ambos líderes eran excelentes padres de familia y de profundos valores espirituales. Con esas credenciales y las de ser buenos catadores de vinos –ese 15 de septiembre, feliz coincidencia para nosotros– columbraron la paz para siempre y sentaron las bases de una estrecha y fructífera cooperación que años más tarde en el Elíseo, sus primeros ministros, con los de Relaciones Exteriores, de Seguridad y de Juventud y Educación, le darían forma y contenido al tratado que hoy, a los 40 años de su existencia, hemos de celebrar todos los pueblos porque le dio a Europa un basamento indispensable en la arquitectura de la Unión Europea que hoy admiramos, pero que, en aquellos días, con Alemania dividida, Berlín ocupado, y Kruschov, con su habitual insolencia, obligaba a los dos dirigentes a salvar inclusive diferencias de criterios para impulsar su ideal: Adenauer estaba más dispuesto a compromisos con los aliados para afirmar la independencia de Alemania, especialmente frente al Este.
De Gaulle se distanciaba un poco de aquel propósito porque, a su juicio, Gran Bretaña se mostraba corrientemente proclive a las tesis de Washington, debilitándole a Europa “su carácter europeo”. Los años han pasado. Europa se brinda al mundo en toda su fortaleza. Pero aún hoy las voces de Alemania y de Francia son indispensables para atemperar las turbulencias que amenazan a la humanidad.