Un artículo reciente, en esta misma página, del conocido escritor y político nicaragüense, Sergio Ramírez Mercado, en donde se afirma de soslayo que los dinosaurios "no prepararon el futuro", me infunde ánimo para intentar una apología de estos notables animales.
Pero antes de intentar hacer justicia a los desaparecidos y vilipendiados "terribles lagartos" de la era mesozoica, quisiera comentar algunos aspectos de lo medular del importante artículo de don Sergio, con cuyos conceptos sí logro identificarme. Se refiere él a la recién pasada conferencia de Kioto, o cumbre sobre el cambio climático, en donde los representantes de 159 países del mundo trataron de llegar a un acuerdo acerca de la reducción de los gases contaminantes que, en virtud del efecto de invernadero, producen el calentamiento del planeta.
Como lo han señalado con claridad meridiana organizaciones no gubernamentales de carácter global que defienden la integridad de la tierra, el acuerdo a que se llegó, un verdadero parto de los montes, no tiene gran relevancia y, por el contrario, puede resultar trágico. De continuar prevaleciendo los intereses políticos y económicos sobre aquellos que buscan garantizar el futuro de la humanidad, nuestras esperanzas de supervivencia se ven desvanecidas. Y, sin duda, como afirma don Sergio, los países del sur, que no son los responsables de las grandes emisiones de gases, son los que llevarán la peor parte de ese futuro apocalíptico que le espera al planeta.
Recuperemos el control. Menudo conflicto personal debe haber experimentado en la cumbre el representante de Estados Unidos, hoy su vicepresidente y otrora senador y acerbo crítico de la contaminación global infligida por su propio país. Del vicepresidente Gore es aquella sentencia, aparecida en su libro La tierra en juego, hace escasos seis años, que dice: "La alternativa es clara: o nos sometemos a los cambios incontrolados que se nos impongan (arriesgándonos a la catástrofe) o emprendemos algunos cambios -por duros que sean-- por nuestra cuenta, recuperando de este modo el control de nuestros destinos". También es del entonces senador Gore aquella lapidaria frase que él identifica como el evangelio político de nuestro tiempo: "Tómalo mientras puedas y olvídate del futuro".
Pero dejemos aquí este tema relacionado con el pensamiento del proponente del "Plan Marshall Verde", al cual nos referimos en otra ocasión en esta misma página (La Nación, 7 de febrero de 1994), para volver a los injustamente infamados dinosaurios.
Con bastante frecuencia los seres humanos aludimos a estos extintos reptiles en forma peyorativa y los recordamos como animales grandes, estúpidos y lentos. Hacemos parangones con ellos al atribuir esas cualidades a personas a las que consideramos anticuadas e incapaces de adaptarse a las nuevas corrientes, o que por su comportamiento se manifiestan como torpes o ineficientes.
Esta manifestación humana, que no se ajusta a la realidad, pareciera originarse en un afán de defensa y de ocultación de nuestros propios yerros y de nuestra incapacidad, en no pocas ocasiones, de arrostrar situaciones o decisiones difíciles. Hemos creado mitos, al atribuir a ciertos animales la imagen de nuestros propios defectos y es a ellos a quienes trasladamos nuestra estolidez y torpeza. En el caso de los avestruces, por ejemplo, que no esconden la cabeza en la arena cuando enfrentan algún peligro, como se dice, sabemos que, por el contrario, se convierten en bizarros guerreros ante el embate de terceros, que los lleva a ser peligrosos por su capacidad de usar los dos dedos de sus patas como filosos cuchillos.
Los dinosaurios y los humanos. Veamos ahora qué me hace pensar que los dinosaurios son dignos del mayor respeto y no merecen en lo más mínimo nuestro desprecio. Hoy día se piensa que eran bastante inteligentes, eficientes en sus funciones y, algunas especies, inclusive, rápidas y ágiles en sus movimientos. Los había de todos los tamaños y formas y para todos los gustos, desde gigantes de más de 22 metros hasta miniaturas de 30 ó 60 centímetros; algunos eran carnívoros y otros vegetarianos y se cree que poseían una temperatura corporal constante, es decir, que eran endotérmicos; asimismo, se extendieron por todos los continentes ocupando todos los hábitats y nichos ecológicos disponibles, ya que estaban muy bien construidos anatómica y fisiológicamente para ello. Además, algunas especies vieron materializarse su prolongación existencial en las aves, que han llegado a evolucionar en forma prodigiosa hasta nuestros días. Pero, en realidad, lo que no podemos pasar por alto sobre estos animales es que fueron amos y señores de la tierra durante 155 millones de años. Cualquier ser viviente que perdure durante un período geológico de esa magnitud nos recuerda, como una verdad apodíctica, que su éxito en el planeta fue innegable y que su capacidad de adaptarse a todos los cambios que ocurrieron durante esa época, fue extraordinaria. Si en realidad había mamíferos pequeños entre el período triásico y el jurásico, la verdad es que los dinosaurios ganaron la carrera y fue necesaria su desaparición para que aquellos se diversificaran a partir de la era cenozoica.
Su extinción, hace 66 millones de años, ya fuera por razones de índole terrestre (cambios ambientales bruscos) o extraterrestre (choque de un meteorito), debemos mirarla como parte del progreso y desarrollo de la biodiversidad, esencial para todo cambio evolutivo, como afirma David Norman en su libro Dinosaur. Lo cierto es que en esa época, muchos otros grupos de animales se extinguieron a causa de factores naturales, tal y como lo aseguran paleontólogos y estudiosos contemporáneos.
Ahora bien, si admitimos que los seres humanos de la especie Homo sapiens estamos aquí desde hace unos 100.000 años, y aún dándonos cierta ventaja al incluir a algunos de nuestros primos, también del género Homo, que existieron en los últimos dos mi- llones de años, nos falta un enorme trecho para igualar a los dinosaurios en relación con el éxito que éstos tuvieron en su adaptación, durante el considerable tiempo que vivieron en el planeta.
Si imagináramos por un momento que la fantasía de Michael Crichton de su Parque Jurásico se tomara en realidad -gracias a los prodigios presentes y futuros de la ingeniería genética-, los que estaríamos en serios aprietos en cuanto a la capacidad de vivir en equilibrio con la naturaleza seríamos los humanos. No sería entonces de extrañar, ante una travesura ecológica del dinosaurito, que su madre lo reprendiera duramente diciéndole estas palabras: ¡hijo, te estás comportando como un humano que, con su torpeza y capacidad de contaminación, no ha sabido preparar su futuro!