Varios afirman haberla visto y algunos cayeron pasmados tras comprobar que su cabeza era tan grande como la de una vaca.
Evencio Pérez (q.d.D.g.) pataleó y pataleó en el borde de la laguna de Arenal en una tarde lluviosa y oscura, sin poder alejarse ni un metro siquiera.
Nadie se explica por qué la sierpa –como la llamaba mi abuelo Emilio– no se lo tragó con todo y botas. Hay quienes se atrevieron a afirmar que ese bicho no era de bocados pequeños.
Evencio se percató de repente que aquel monstruo lo veía, cabeza en alto, desde unos cien metros maleza adentro.
–¡Lo juro, los ojos de ese diablo eran como bolinchas gigantes, color fuego! –contaba varios años después, todavía pálido.
La sierpa de Arenal vivía la mayor parte del tiempo en el fondo de la laguna, debajo del gamalotal, pero a veces salía a flote y se revolcaba tan fuerte que levantaba agua por los aires como gruesos cordones plateados, visibles desde las lomas cercanas.
Ciertos intrépidos pescadores de guapote la vieron allá cerquita de Arenal Viejo, algunos por el lado de Mata de Caña, y a veces subía por el cauce del río Piedras, casi hasta donde Joaquín Chávez.
Entonces los catorce bravucones perros venaderos de ñor Joaquín gemían como cachorros debajo del piso de la casona.
Y los chiquillos enamorados de Piedras y La Argentina rogábamos a Dios que al inmundo reptil no se le ocurriera atacar a Grace, la mocosa de ojos verdes que bajaba al río a lavar la ropa.
Un día cualquiera respiramos más tranquilos. Lecho Solano llegó al comisariato y afirmó que le había vaciado los 18 tiros de la carabina a la culebra de la laguna.
Él sostuvo que iba por el río con los Campos de Eliseo (q.d.D.g.) cuando el bicho cruzaba el cauce dejando un rastro de un metro de ancho en las orillas.
Nadie dudó que había llegado el fin. Lecho Solano era de los que donde ponía el ojo ponía la bala.
¡Pero qué va! Ahí en el mismo lago Arenal, desde donde se prenden los bombillos de Costa Rica, un amigo de Coquita Delgado cree haber visto a la sierpa de 30 metros hace solo unos días.
¡¡Ah..., ah..., ah… ahí está la cu...culebra...!!, exclamó antes de caer sobre una banca. Coquita y otros fueron a ver y solo apareció un enorme tronco torcido jugueteando con las olas.
Ahora, cuando contemplo de punta a punta el majestuoso lago Arenal, reconozco que aún adolescente creía más factible toparme con la sierpa que ver hecho realidad el plan hidroeléctrico.