
La semana pasada, además de los clásicos de Semana Santa, decidimos ver otras películas poco convencionales, como El hijo del carpintero (2025), con Nicolas Cage. En una escena de la película, una serpiente sale de la boca de una mujer. La imagen golpea. Además de terror, produce una tremenda repulsión. El cuerpo de la mujer parece deshacerse desde adentro, como si algo hubiera cedido en su interior. Como si la garganta –la faringe, la laringe– se hubiera desprendido y ahora siguiera hacia afuera, convertida en algo vivo.
No vemos a Medusa, con su cabello revoltoso formado de serpientes. Vemos otra cosa. Aquí la serpiente no adorna: sale por la boca, como si fuera el cuerpo mismo prolongándose hacia afuera. La escena no solo se ve, se sufre.
Quise saber más sobre la serpiente en la boca. Los créditos iniciales de la película ayudan a entender mejor esa imagen: está inspirada en el llamado Evangelio de la infancia de Tomás, uno de los textos apócrifos del cristianismo temprano que narran episodios de la niñez de Jesús desde un registro más extraño, más inquietante. En ese evangelio, como en otros apócrifos, lo simbólico y lo perturbador conviven con lo cotidiano.
Muchos de los evangelios apócrifos fueron hallados en 1945, en la ciudad egipcia de Nag Hammadi. En este conjunto de relatos y tradiciones, que revelan un cristianismo temprano muy diverso, aparece una idea persistente: lo que ocurre adentro termina saliendo.
Entonces, la boca podría representar una frontera. De un lado, lo que uno piensa, lo que siente, lo que se guarda; del otro, lo que ya salió y empieza a circular, a moverse entre otros, a tomar formas que uno ya no controla. Una vez que la palabra cruza, ya no vuelve atrás.
Una idea complementaria de esto aparece en los textos bíblicos más conocidos, como en el Evangelio según San Mateo, donde se dice que “de la abundancia del corazón habla la boca”.
El peso de lo que se dice
Siglos después, esa idea reaparece en un libro titulado Los cuatro acuerdos, de don Miguel Ruiz, publicado en 1997. El primer acuerdo dice: Sé impecable con tus palabras. Suena simple, pero no lo es.
Ser impecable no significa hablar bonito. Significa reconocer el peso de lo que se dice, hablar con cuidado y considerar la forma en que aquello que decimos puede afectar a otros. Implica evitar el uso de la palabra como arma, pero también evitar la exageración, el chisme, la distorsión, el comentario que se lanza sin medir consecuencias.
Incluye, además, algo más difícil: el diálogo interno. La forma en que uno se habla a sí mismo, las palabras que se repiten, que se instalan, que terminan construyendo un relato sobre quiénes somos y cómo vemos el mundo.
Las palabras son poderosas. Se quedan. Marcan. Definen. Algunas veces construyen; otras, erosionan. Basta con una palabra equivocada para destruir lo que ha tomado años en edificar.
Una práctica diaria
Vuelvo a la imagen de la película: una mujer y una serpiente en la boca. Cada vez pertenece menos a una historia antigua y más a una que me resulta cercana. La palabra dicha con rabia, el comentario que busca herir, la frase que sale sin pensarlo mucho. Esa que se lanza y después sigue su camino, a la deriva, sola, aunque en realidad nunca está del todo sola: depende de dónde cae, de quién la recoge y de lo que encuentra al otro lado.
A veces se disuelve. Otras veces se queda. En ciertos casos se transforma, se carga, se amplifica y, como la serpiente que la representa, también puede envenenar.
No es algo lejano, sino cotidiano. Todos, en algún momento, hemos sentido ese impulso de decir algo que tal vez era mejor dejar pasar, o de responder antes de entender del todo lo que está pasando.
Ser impecable con las palabras, entonces, no es un ideal. Es una práctica diaria. Un ejercicio de atención. Ocurre en ese segundo antes de hablar, en ese pequeño espacio donde todavía se puede elegir.
Porque cada vez que hablamos, algo sale.
A veces, sin pensarlo mucho, también soltamos una serpiente.
emma.tristan@icloud.com
Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.