Estas páginas, escritas al impulso de la emoción que me suscita el fallecimiento de dos ilustres costarricenses, don Fabián Dobles y don Isaac Felipe Azofeifa, me temo que por causas ajenas a mi voluntad, verán la luz muchas semanas después de la fecha en que los poetas han muerto. Lo único que refrena mi impaciencia por verlas publicadas, es saber que hablar de ellos, por muchos años, será tema del día. Por curioso que pueda parecer, sobre todo en un medio intelectual tan estrecho como el nuestro, y habitando los dos la orilla izquierda del Torres, nunca traté a don Fabián Dobles. Lo más cerca que estuvimos fue una vez que doña Cecilia me llamó por teléfono para decirme que a su marido le había gustado mucho un artículo mío, publicado en la prensa y no me lo decía personalmente don Fabián porque tenía problemas para escuchar por teléfono. Claro está que muchas veces me encontré con Tata Mundo y aún más, viajamos con gusto y regusto a melancolía en un viejo pickup que él conducía, cuando los años se nos hacen pequeños días.
Por el contrario, con don Isaac Felipe Azofeifa mantuve una larga e intensa relación porque para mí fue muchas cosas: maestro, colega, amigo, correligionario, ejemplo de vitalidad y optimismo, portador de la eterna juventud, pero sobre todo poeta exquisito que supo cantar al amor con palabra dorada. Si hago un esfuerzo por recordar cuando me lo encontré por primera vez, tengo que remontarme hasta la Costa Rica cercana a 1948. Don Isaac fue mi profesor, en un colegio nocturno, de lengua y literatura castellanas, más tarde coincidimos como colegas en Estudios Generales en la Universidad de Costa Rica y por muchos años aliados en las causas perdidas de aquella izquierda romántica de la década de los setentas, que quiso hacer la revolución desde la academia. Don Isaac fue docente en colegios y universidades, pero por encima del disciplinado profesor emergió con gran fuerza el poeta dispuesto a cumplir con su sagrada misión de cantar a la vida; de su alma generosa fueron brotando los poemas de amor a su patria, a la que recreó bellamente, a sus mujeres a las que amó con pasión y a su pueblo campesino y humilde, como su Santo Domingo natal. Algunas de las tantas veces que conversamos, don Isaac me confió que su mejor hora para escribir era temprano cuando se despertaba, casi en la madrugada. Tenía a su lado papel y lápiz e iba apuntando esas mañaneras intuiciones poéticas, que más tarde puliría y repuliría, hasta lograr sus versos magníficos. De su amplia producción hay una parcela que para mí es particularmente querida, por la luz que la ilumina. Se trata de sus versos erótico-amorosos, delicados, atrevidos, capaces de cantar la belleza de la mujer y del acto amoroso en términos osados, pero recubiertos por el fino manto de la poesía, como los podemos encontrar en la colección "Cima del Gozo". Y en verdad que no podía ser de otra manera porque don Isaac, maestro en muchos campos, lo fue sobresaliente en el arte de tratar a las mujeres. Cuando una alumna le preguntaba algo o una muchacha se le acercaba para conversarle, don Isaac se concentraba en oírla con suma atención, en mirarla como si fuera la más bella del mundo; era un maestro en concederle todo su interés fuera el tema que fuere, hablaran unos segundos o varias horas. Y por eso las mujeres, miradas con afecto, tratadas con respeto, halagadas por aquellos ojos de poeta que las embellecía, las mujeres lo amaron intensa y generosamente.
Cuando la década de los años sesentas se terminaba, quienes habitábamos la orilla izquierda del Torres sufrimos una poderosa persecución intelectual, producto del "macartismo" de los años cincuentas, que como casi todo, llegó tarde a Costa Rica. La situación se volvió tan intolerable que un grupo, desde la Universidad, nos empeñamos en publicar nuestro propio periódico para difundir las ideas condenadas al ostracismo por los grandes medios de prensa. En esta tarea don Isaac nos acompañó fielmente; en los dos años en que fui director del SEMANARIO UNIVERSIDAD, semana a semana, puntualmente don Isaac traía su colaboración, sonriente, juvenil, lleno de optimismo, hasta el día en que el Consejo Universitario, cediendo a poderosas presiones internas y externas, acabó con aquel maravilloso experimento, ciertamente ultraizquierdista, pero lleno de poesía y ensueño.
En la última parte de su larga y productiva vida don Isaac, que nunca se aisló en una torre de marfil y se interesó siempre por la suerte de su pueblo, adoptó posiciones progresistas y encabezó nuevos grupos políticos tratando de fortalecer esta democracia, cada día más parecida a un PRI de dos cabezas. Notables fueron sus actuaciones presidiendo el grupo SOBERANIA, que nació en tiempos en que Reagan se retrataba jactancioso en los jardines de la Casa Blanca con una camiseta que decia "I am a CONTRA" y donaba dólares por millones para sembrar violencia y guerra civil en Nicaragua.
Gilbert Becaud, viejo cantautor francés, gusta de dar cuenta en sus canciones de hechos de todos los días, comunes y corrientes; sin embargo, gracias a su poder de artista los acontecimientos adquieren poderosas resonancias poéticas, ya se trate de la carta de un preso a su novia, el encuentro con un pajarillo de múltiples colores o la muerte de un poeta. Cuando el poeta muere, se pregunta con dolor Becaud ¿qué podemos hacer? No recuerdo exactamente lo que nos propone, pero lo único que cabe es releerlo para sentir viva su palabra en nosotros y darle gracias por todas las cosas hermosas que el maestro, amigo, correligionario y colega nos regaló en su larga, joven y productiva vida.