¿Será negro el sol de la melancolía? Nerval afirmaba que sí. Es un sol interno. Dimana frío y tinieblas, nos apaga los ojos y nos vuelve hacia nuestra propia interioridad. Porque se enferma el alma, sí. Gravemente, y entonces no hay posibilidad alguna de alegría. La luz del rostro se extingue y hasta al reír lloramos por dentro.
Los hay que de inmediato se lanzan a buscar en el botiquín de primeros auxilios de todo maníaco depresivo: la cornucopia de la química cerebral: grageas, pastillas, gotitas, comprimidos, inyecciones… ¡Ah, los paraísos químicos que nos hemos inventado para no tener que sentarnos a charlar y pactar con nuestros propios demonios! ¡Cuánto más fácil tragarse la pastillita y no hacernos más preguntas de esas que nos perturban desde la raíz del ser, esas para las que no hemos encontrado respuesta, esas que duele replantearse porque en ellas nos va el sentido mismo de nuestra vida!
No todo es el cerebro. No todas las respuestas están en la neurofisiología, aunque los adalides de este nuevo culto-paradigma-matriz-episteme así lo quisieran creer. Buena cosa es saber que el cerebro es el capitán del buque, pero, si esto es así, ¿quién es el “superior jerárquico” del capitán? ¿Quién “manda” al que “manda”? ¿Será que el cerebro es una causa sui?
Nadie duda de que la sinapsis neuronal sea condición necesaria para la concepción de una idea, lo que pongo en duda es que sea condición suficiente.
¿Y las grandes tristezas, los grandes amores, las grandes añoranzas, los grandes terrores, el hambre de divinidad, es todo eso mera actividad neurofisiológica? Tengo para mí que no. Lo intuyo, que es la forma de indagación que mejor me ha servido en mi vida. A veces se nos enferma el alma, y no es la recaptación de la serotonina la que va a arreglar un problema que, en su amplitud y misterio, adquiere una dimensión ontológica.
Sí, a veces nos duele el alma. De manera sorprendentemente afín al dolor físico: con sus espasmos, sus contracciones, sus paroxismos y sus ocasionales treguas. Solo que para el alma no hay anestésicos, y su dolor suele ser más insidioso que el del cuerpo. Hacia el final de su vida, enfermo de muerte y volcado ya casi enteramente al misticismo, Beethoven titula el movimiento de uno de sus postreros cuartetos de cuerda: “Canto para dar gracias al Altísimo por la salud reencontrada”. ¿Cómo reencontrar la salud del alma?
No hay nada en la mente o el cuerpo que de ella no dependa. En esa unidad psicofísica que es el hombre hay algo que está por encima de lo “psico” y de lo “fìsico”, y es a ello a lo que me refiero al permitirme hablar de una noción tan difícil de abordar como es el alma. Muchos la niegan, pero si tanto dolor es capaz de generarnos, a fe mía que ha de existir. Debe tener su piel, sus terminaciones nerviosas sensibilísimas, y todas las gradaciones de temperatura imaginables: algunas almas quizás mueren de frío, otras se llenan de luz, y las ha de haber que hayan encontrado su eterna primavera.
Inmanencia y trascendencia. Si aceptamos que todo nuestro ser está determinado por miríadas de cables transmisores de impulsos nerviosos y nada más, nos instalamos de lleno en un régimen de inmanencia (todo está en la neurofisiología del hombre, todo le es inmanente, no hay en él contacto con potencia alguna ajena a su ser).
Si aceptamos la existencia del alma, adoptamos el régimen de la trascendencia (no todo está en el hombre: hay potencias que lo trascienden, que lo atraviesan y contienen). La repetida experiencia de la conmoción estética me ha puesto muchas veces en presencia de lo trascendente como para que pueda yo dudar de él. Tal es mi testimonio, pero igual habrá gente a la que la belleza no la refiera a lo divino, y la deje cómodamente instalada bajo el régimen de la inmanencia.
Se enferma el alma, sí. Y puede morir. A eso nos referimos cuando hablamos de un “desalmado”. La incuria, la postración, el cinismo, la indiferencia, la voluntad de morir… tales son algunos de sus síntomas. Es el tedium vitae , el spleen de que hablaba Baudelaire. De soledad puede morir el alma, de desamor, de abandono, de tristeza… el gran sol negro de la melancolía, de Nerval.