En marzo de 1971, dijo Don Pepe: “Nunca había visto tanta incomprensión ni tantas tonterías juntas dentro de un espacio tan pequeño”, refiriéndose a una caricatura-editorial de un periódico que me atacaba a ciegas por mi decidida acción en torno al problema de la Orquesta Sinfónica Nacional. Algo del mismo jaez se desprende del inefable editorial de La Nación del pasado 29 de junio donde, el conspicuo editorialista, sin tener la menor idea de la verdadera situación, arremete en mi contra y condena mi intervención. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Por Dios!, estuve estrictamente apegado a la ley. Me abanderé con la legalidad. Si no hubiera actuado con la rapidez y eficacia con que lo hice, ahí tendríamos a la empresa Fercori, sin derecho alguno y sin pagar un solo cinco en 13 años, burlándose una vez más del acto por el cual el Ministerio pretendía recuperar el inmueble conforme lo resuelto por el Tribunal de lo Contencioso Administrativo.
Cumplir con el deber. El contrato con el Ministerio había vencido el 5 de abril del 2002. ¡Y sí!, desinformado editorialista, Fercori logró paralizar “legalmente” su salida del edificio mediante subterfugios, trampas y trucos en fraude de ley (artículo 20 del Código Civil) durante 14 meses al interponer diligentemente recursos administrativos y judiciales que, una y otra vez, fueron rechazados tanto en sede administrativa como en sede judicial. Nunca cejaron en su contrahecho empeño. Era evidente que se estaban burlando de los intereses públicos a mi cargo, y también que tales personas solo pensaban en seguir aprovechándose de ellos para sus propios intereses. La coyuntura de cumplir con mi deber para con el servicio público se me presentó y no la iba a desaprovechar. Sí, editorialista de La Nación del domingo 29, me sentía burlado, humillado, como ciudadano y ministro, por personas inescrupulosas. Fue una cuestión de oportunidad. Yo personalmente inauguré la Feria del Libro el viernes 20 de junio. Cuando realizamos la “ejecución de un acto administrativo” con la Policía y mi persona a la cabeza, la Feria del Libro sufrió inevitablemente un corto lapso de paralización. Al poco tiempo la feria fue reabierta, el público circuló de manera fluida y normal y aquí paz y en el cielo gloria.
Vivo, vibrante. Se ha hecho un descomunal escándalo. Todo sea para bien. Los costarricenses hemos recobrado un notable patrimonio nacional que convertiremos, en este gobierno de Abel Pacheco, en un espectacular espacio para las artes. Un sitio vivo, vibrante, como un gran imán, un reflejo del mundo contemporáneo, de lo que somos nosotros, de lo que queremos ser y hacer en este joven siglo XXI. Estoy convencido de que mi acción tiene más adeptos que lo que las aves agoreras aseguran. Sé que es así. Ahora estoy tranquilo y triunfante. Todos debemos contribuir. Dejémosles que se rasguen las vestiduras, que aseguren que soy indigno de ser ministro de Cultura, que clamen a los cuatro vientos su infundada y estéril preocupación. Ahora entremos a una acción fecunda, una nueva visión de lo que debemos emprender y cómo debemos realizarlo. Tengamos fe, convicción y esa serenidad que está siempre detrás de todas las cosas.