Don Rómulo vivió dos exilios en Costa Rica. El primero durante la larga dictadura del general Gómez. El segundo en la dictadura del general Pérez Jiménez, cuando era presidente don Pepe en la década de 1950. Aquí se casó con una extraordinaria mujer, Carmen Valverde, quien fuera primera dama de Venezuela. De su relación nació Virginia, que es una distinguida intelectual y directora, por muchos años, de la Biblioteca Nacional de ese hermano país. Betancourt es el padre de la democracia en Venezuela.
Aquí también vivieron su exilio Raul Leoni y Carlos Andrés Pérez. Los hijos de Leoni nacieron y jugaron canicas en Guadalupe, y Carlos Andrés, en los alrededores del parque Morazán, hizo amigos y sembró raíces y sentimientos hacia este país que lo han acompañado, inalterablemente, durante toda su vida.
Condición especial. Jaime Lusinchi, el más joven de todos ellos, pasó su exilo en Chile, donde se hizo médico, pero realizaba misiones de trabajo político para el exilio entre Santiago, San José y México. A él le escuché en Caracas decir que, para ser presidente de Venezuela, era condición haber vivido asilado en Costa Rica. Los cuatro fueron presidentes de Venezuela.
En el Gobierno de Daniel Oduber, en Puerto Ordaz, Carlos Andrés Pérez firmó el primer acuerdo de preferencias petroleras de Venezuela con Costa Rica. En el Gobierno de Rodrigo Carazo, ese convenio se amplió a México y se firmó el Pacto de San José de preferencias petroleras para todos los países de Centroamérica y el Caribe, que es un ejemplo mundial de cooperación sur-sur y solidaridad entre países en desarrollo.
Siendo presidente Rodrigo Carazo Odio, aviones venezolanos sobrevolaron el territorio nacional y la frontera como advertencia a la dictadura somocista. La historia se repitió pocos años después. En el gobierno del presidente Luis Alberto Monge, aviones de guerra artillados vinieron a Costa Rica y el embajador de Venezuela en Managua advirtió a los comandantes sandinistas que habían movilizado, agresivamente, el ejercito hacia el río San Juan por órdenes del general Ochoa, de nacionalidad cubana, que una agresión contra Costa Rica sería considerada un acto de guerra contra Venezuela.
Solidaridad democrática. Ni Somoza ni los comandantes sandinistas se atrevieron a cruzar el río, aunque ambos sabían que la capacidad de fuego de nuestra Guardia Civil era de menos de 5 minutos y que los tanques nicaragüenses militarmente tenían vía libre hacia el Valle Central. Los aviones venezolanos y las advertencias de los presidentes Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi hicieron la diferencia. Eso se llama solidaridad democrática.
Una vez más, en el caso de Carlos Ortega, presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, nuestro país honra la solidaridad democrática que une, desde siempre y en los momentos más difíciles de su historia, a estos dos pueblos hermanos. Muchas gracias a don Abel Pacheco por haber mantenido, más allá de las amenazas, la sólida tradición costarricense del asilo para los perseguidos políticos de Venezuela. Esta es una página más de una historia compartida y, al igual que en el pasado, aún no se ha escrito la última palabra.