C omo costarricense y al margen de otras diferencias políticas conocidas, quisiera felicitar al Presidente de la República y a su Ministro de Relaciones Exteriores, por ofrecer nuestro país como sede para una importante reunión, en octubre, entre el Gobierno de Colombia, las FARC y el ELN, como parte del proceso de paz en ese hermano país y para clarificar aspectos conflictivos del Plan Colombia.
No existe ningún otro tema más esencial en la agenda hemisférica de hoy que la explosiva crisis de Colombia. Una crisis que escapa, desde hace mucho tiempo, al marco de las propias fronteras colombianas y que tiene que ver, por mil razones, con todos nosotros, al norte y al sur de ese hermano y querido país. Porque no se trata solamente de que un 40% del territorio colombiano está dominado militar, política y territorialmente por la guerrilla. Se trata de que esa guerrilla, en sus varias expresiones, mantiene una relación sustancial de identidad con el narcotráfico en su más cruda y profunda realidad, como bien lo señaló en un editorial La Nación .
La crisis colombiana, por ello, no es solo la expresión de una controversia ideológica que busca una solución política o militar, al estilo de la crisis que vivió Centro América en los años ochentas. Es mucho más profundo que eso. Es una crisis que por sus íntimas relaciones con el negocio vil de la droga, internacionaliza el conflicto interno y lo transforma en un conflicto que nos compete solidariamente a los vecinos de Colombia.
Un nuevo monstruo. Si el delito internacional de fines del siglo XX fue el terrorismo, el de hoy a principios del siglo XXI se llama narcotráfico y lavado de dinero sucio. Aquel delito de antes, criminal, censurable e inexcusable, al menos tenía el trasfondo de una lucha de ideas.
Este delito de hoy no tiene ni siquiera ese injustificado origen. El narcotráfico y sus distintas derivaciones, son hoy la expresión de un fenómeno de perversa criminalidad internacional que no respeta soberanías, fronteras, pueblos ni derechos humanos. Estamos ante el más grave de los delitos internacionales de nuestro tiempo. Un delito que pervierte pueblos y destruye juventudes y que tiene su epicentro a pocos kilómetros de nuestras fronteras nacionales, como una realidad criminal que, desde hace mucho, logró brincarse las fronteras y el territorio de Panamá para amenazar la estabilidad e integridad de Costa Rica.
Por eso es que la crisis de Colombia no puede ser vista solo bajo el juicio simplista y falso de una insurrección guerrillera o de una controversia ideológica convencional. Ese análisis es un grave error. Lo que está de verdad en juego, en ese país, son valores y realidades muy superiores, para el pueblo colombiano y para todos los pueblos de este hemisferio.
En ese contexto de preocupantes y amargas realidades, el Plan Colombia, con el apoyo de los Estados Unidos y de algunos países europeos y asiáticos, es la mejor y única alternativa de solución que se ha podido construir, aunque es mucho lo que todavía queda por hacer en el orden internacional para combatir el narcotráfico y el lavado de dinero sucio. Puede ser que Costa Rica no esté en capacidad de ofrecer recursos económicos ni ayuda militar a Colombia. Pero sí puede volcar activamente su enorme y bien ganado prestigio en las Naciones Unidas y en la OEA, en apoyo de los principios de solidaridad internacional y de legítima defensa en que se fundamenta el Plan Colombia.
Es la hora de cerrar filas contra ese enemigo común de nuestros pueblos que es el narcotráfico y el lavado de dinero sucio.
(*) Exembajador en las Naciones Unidas