El viernes se dio un voto ampliamente mayoritario en favor de la paz en Irlanda del Norte (Ulster).
Dos aspectos trascendentales: el resultado francamente claro, inequívoco, logrado en la provincia británica, donde casi tres de cada cuatro ciudadanos apoyaron el acuerdo suscrito el 10 de abril. Segundo: el alto nivel de participación tanto allí como en la República de Irlanda.
Sobre todo en el Ulster, era necesario que del referendo surgiera un mandato categórico, la mejor arma para disuadir a los fanáticos católicos y protestantes opuestos al pacto.
En los albores de un nuevo milenio, cuando gran parte de Europa marcha por el camino de la integración política, económica y social, los irlandeses apostaron a acabar con 30 años de tanta violencia, odio y división.
No hay que perder de vista que ese conflicto tiene sus raíces y es, a su vez, consecuencia de las guerras de religión que asolaron a Europa en los siglos XVI y XVII.
Tras la consulta, viene lo más difícil: poner en marcha lo acordado, que contempla la elección de una asamblea local, un gobierno autónomo y un órgano a cargo de las relaciones entre ambas partes de la isla.
Detrás de todo ello estará la difícil tarea de restañar las heridas dejadas por décadas de desconfianza y fanatismos.
El acuerdo constituye una solución intermedia entre las aspiraciones de una y otra comunidades. Ello por cuanto no se puede forzar a ese 54 por ciento protestante a incorporarse al sur, ni tampoco gobernar el norte sin tomar en cuenta a la importante minoría católica.
De allí el papel tutelar que se encomienda a los gobiernos británico e irlandés.
El pacto rubricado el Viernes Santo puede marcar la senda de la reconciliación en Irlanda del Norte. ¡Amén!