La sociedad costarricense, especialmente en este siglo xx, "devino" complaciente y permisiva; podríamos utilizar otros adjetivos y agregar no pocos más, pero se dispersaría mucho la atención del lector y quizás se perdería de vista lo que en este momento tengo en mente transmitirle para que sea objeto de reflexión serena.
Por un lado, el nivel de vida y ciertas comodidades aumentaron y se generalizaron; luz eléctrica, agua, teléfono, caminos, radio, televisión y muchos otros elementos materiales, evidentemente han hecho la vida menos dura; la salud mejoró espectacularmente y con ella la expectativa de vida y el rendimiento físico e intelectual. Ahora somos más fuertes y posiblemente más inteligentes, como sociedad en conjunto. ¡Todo esto es para sentirse orgulloso!
Pero por otro lado, los valores morales, la esfera emocional y la educación, en un sentido amplio, se derrumbaron; la honorabilidad, la disciplina y la conducta correcta, tanto pública como privada, han sido más bien objeto de burla y escarnio. El respeto por los principios se perdió y el principio de autoridad casi desapareció y fue sustituido por el desplante y la bravuconada en todos los grupos sociales.
Las últimas generaciones, en lugar de preocuparse por expresarse cada vez mejor, se han esforzado en hablar cada vez peor y cuando uno escucha conversaciones entre jóvenes parece que está oyendo a pachucos, y si lee sus cartas sufrirá una terrible decepción al ver las elementales faltas de ortografía y los temas tan superficiales que surcan las hipercarreteras cibernéticas de hoy. No hay profundidad ni interés por los asuntos importantes; en su lugar campea la chabacanería, el mal gusto y la vulgaridad. Se ha perdido toda visión de largo plazo y reina el más miope inmediatismo y un sentido hedonista de la vida.
Aún cuando diversas explicaciones se han dado ya a este fenómeno, como creo que la mayoría de ellas se refieren fundamentalmente a fallas del sistema educativo, el ambiente y la ruptura familiar, quiero intervenir señalando que al sistema político costarricense, como un todo, le corresponde una alta dosis de responsabilidad.
Nuestro sistema político, ciertamente ha contribuido al modesto grado de bienestar material que disfrutamos, pero al mismo tiempo es el que, con su complacencia y permisividad, nos llevó al grado de descomposición de la que hoy nos lamentamos. ¿Por qué? Porque asaltó a todo el sector público y parte del privado y sedujo a casi toda la población con sus promesas falsas extraídas de las ideologías pseudorrevolucionarias, tanto políticas como sociales, que agitaron al planeta en el último siglo y ha puesto oídos sordos a las ideas verdaderamente transformadoras de, por ejemplo, Berlín, Popper y más recientemente John Rawls, las cuales con rigor, precisión y seriedad indicaban la conveniencia de un sistema económico de libre mercado, pero al mismo tiempo apuntaron que este sería insostenible a largo plazo si no se acompañaba de códigos de ética, una elevada educación de toda la sociedad, eficaces medidas de orden y seguridad y el imperio de la ley y la justicia.
Es decir, terminar con el comunismo no fue el fin de la historia sino el comienzo de una nueva civilización que está avanzando a una enorme velocidad en los países del primer mundo, en los llamados países emergentes y en las antiguas naciones comunistas; pero algunos sectores de países como el nuestro, desafortunadamente parecen estar caminando de espaldas a la historia, con lo cual sólo se logrará perpetuar el subdesarrollo y condenar a la mayoría de la población a una vida de pobreza material, espiritual y moral. Entre otras cosas, me siento verdaderamente alarmado al haber comprobado lo poco leída que es en Costa Rica la obra fundamental de Rawls, en particular Teoría de la Justicia, Democracia y Justicia o Liberalismo Político. Estamos desfasados en materia de pensamiento político y eso nos coloca a la zaga del mundo superdinámico de hoy, donde para ser eficaz y responsable se debe ser actual. Que todavía Fidel Castro continúe siendo mucho más conocido que John Rawls es algo que nos deja pensando.