Hoy culmina la primera campaña de este nuevo siglo y conviene reflexionar un poco más allá de lo puramente electoral.
En primer lugar, tanto la candidatura de don Abel Pacheco, lograda contra la cúpula del PUSC, como el notable desempeño electoral de don Otón Solís han evidenciado la crisis del bipartidismo y han abierto la posibilidad de remozar el sistema. También la conciencia del divorcio entre partidos y ciudadanía que han mostrado tener don Rolando Araya y otros líderes del PLN alientan el sentimiento de que esta ansiada renovación es no solo necesaria, sino plenamente posible.
En segundo lugar, se ha introducido con fuerza en la agenda nacional el tema de la corrupción política y administrativa y la urgencia de corregir a fondo el mal uso de los recursos públicos. Y esto no solo en el movimiento de don Otón porque en esta materia, como en tantas otras, no hay monopolios, sino en todos los otros partidos. El clima social, permeado por la exigencia de un reencuentro de la ética con la política, parece estar activando a los sectores más sanos de cada agrupación y motivando una nueva actitud cívica que, rechazando el cinismo preponderante, podría permitir que se gobierne bien y se deje de una vez la gelatinosa escala de valores de muchos de nuestros políticos, que sirve tanto para un cocido como para un fregado.
En tercer término, las diferencias entre los tres principales candidatos no son sustanciales. Son, más bien, divergencias acerca de la extensión, profundidad y ritmo convenientes para la aplicación de ciertas políticas públicas; o de la prioridad que corresponde a ciertos problemas sociales y las rectificaciones que hay que introducir; o, en fin, sobre la respuesta adecuada a los efectos adversos que el modelo aperturista actual y las condiciones internacionales negativas han traído a los sectores productivos.
Hay, pues, un territorio común que permitiría varias cosas: que los sectores más sensatos adversos al nuevo gobierno pudieran seguir una línea de oposición democrática leal, sin perjudicar sus intereses electorales; que fuera posible construir nuevas mayorías legislativas ya no por pactos o componendas, sino por acuerdos de carácter coyuntural, transparentes y viables, sobre temas básicos de la agenda nacional; y, por fin, empezar a restaurar el deteriorado prestigio de la Asamblea Legislativa y de la actividad política.
Y eso está bien. Como decía don Ricardo Jiménez, "los ticos son, por suerte, como las mulas de noche en los malos caminos, que parece que huelen los precipicios. Los va salvando el instinto. Desconfiados, nunca se precipitan; calculadores, miden despacio las posibilidades; disimulados y cazurros, conocen bien el camino de su casaÖ Los costarricenses poco a poco van rumiando las cosas y adoptando lo que les conviene y apartando lo que no entienden muy bien o en lo que olfatean peligro".
Es la hora de volver a casa.