
Nuestro gobierno ha convertido el conflicto permanente en su forma de hacer política y eso, entre otras cosas, plantea al menos una pregunta ética sobre quienes los eligieron.
¡Tanto reclamar que si corruptos! ¡Los mismos de siempre! ¡Ticos con corona! ¡Llegó la ley! Para que un grupo de seguidores del chavismo –los más ruidosos– terminaran alcahueteando y justificando las viejas y despreciables prácticas de la clase política que decían odiar; para acabar festejando el pago a políticos de los partidos que condenaron con frases como: ¡Tomen! ¡Cremita de rosas! ¡Pero él es un jaguarsh ahora! ¿Va a llorar? ¡Papi es papi!
Da para pensar que lo que les molestaba no era lo que decían, sino no poder estar del lado de los vivazos que tanto criticaban. Ahora tienen lo que, engañosamente, toman por su propia casta. Engañosamente, porque esta no les tiene mayor consideración que la necesaria para usarlos como votos.
El deterioro democrático que estamos viviendo debido al ataque de la presidenta a otros poderes se agrava con el hecho de que tenemos una ciudadanía que aprendió rápidamente a disfrutar ese ataque.
Por eso, propongo que estamos viviendo un aumento de una corrupción moral de los espectadores, de los electores; por lo menos, de quienes celebran las viejas y sucias prácticas de los políticos, los intentos de destruir instituciones que sostienen a un país aún democrático, gozan del daño que el gobierno le intenta infligir a sus rivales y se hacen los desentendidos frente a las acciones, al menos, dignas de una gran sospecha.
“De por sí, siempre han robado”, responden sin vergüenza. “Que roben otros”, aceptan sin turbación, en gestos que recuerdan al filósofo argentino Ernesto Laclau y su significante vacío de la corrupción en la política. Uno que explicaría por qué la rabia contra la clase política acaba justificando lo que, en otro momento, se condenaría.
¿Qué tipo de personas pueden aplaudir la humillación de otras? ¿Qué clase de ciudadanos pueden disfrutar el ataque a instituciones que les han dado lo que tienen?
Por eso, a esa gente que está celebrando que ahora sean los suyos los que se sirven de los cargos públicos, les vendría bien recordar que ni todo el resentimiento legítimo del mundo ni toda la desigualdad más despreciable convierten lo injusto en justo, lo corrupto en honesto.
Porque, precisamente, este tipo de liderazgos presume de aquello que les falta a gritos: lo que la politóloga italiana Nadia Urbinati caracteriza, en sus análisis, como un enfoque redentor: estrategias basadas en promesas de regeneración moral de la sociedad que los elija.
Aceptar y celebrar lo que condenaste en otros grupos e individuos solo porque lo hace la gente que elegiste, no te vuelve un virtuoso, sino un inmoral.
¿Te acuerdas cuando condenabas el nepotismo, la corrupción, el ataque a los poderes de la República? Tu “ética de camiseta”, donde parece prevalecer tu placer político inmediato de ver derrotados a quienes ves como privilegiados, está contribuyendo a destruir incluso lo que hay bajo tus pies y te está convirtiendo de víctima en cómplice.
Existe una diferencia entre buscar reparación y buscar venganza. Lo primero implicaría elegir a gente que lo haga distinto y hacerte cargo de tu responsabilidad civil de exigirles rendición de cuentas. Lo segundo busca la destrucción en sí misma.
El enojo que sientes por la forma en que otros partidos han administrado el país no te vuelve moralmente superior a quienes piensan distinto. Es más: haber vivido en la pobreza no te vuelve una persona buena, no te coloca del “lado correcto” de la historia.
Ten en consideración tu responsabilidad ética: la democracia sabe lidiar con el conflicto, pero le cuesta hacerlo frente al desprecio como entretenimiento.
Ten en consideración tu responsabilidad ética: en este momento, ser valiente no es gritar ni ofender. Es saber aceptar los límites que toda institucionalidad impone.
isabelgamboabarboza@gmail.com
Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
