Hay quienes prefieren pasar por mañosos que por ingenuos. No es el caso del innominado nacional que apareció en escena con el seudónimo del Big Chief, en el más reciente desaguisado nacional, conocido como el caso del cemento chino. Ahora, más que todo, le llaman “inocente”.
La Real Academia de la Lengua tiene, entre otras, dos acepciones que pudieran aplicarse a ese término. Se puede escoger, ad libitum, entre “libre de culpa” y “cándido, sin malicia, fácil de engañar”. Uno de esos sentidos le calza de cabo a rabo. Tal vez, los dos.
En la interminable melena de culebras ejecutivas, legislativas, judiciales y bancarias, se ha ido desencolochando, a vista y paciencia pública, la enrevesada Medusa del cemento chino. La madeja se ha ido destapando, aunque en el centro del colocho destaca un insoportable vacío: una inocente figura, en nombre de quien todo se fraguaba, pero que, pobrecito, nunca se dio cuenta de nada.
Sin embargo, al parecer, el protagonista principal de nuestra tragicomedia era otro. El diputado Víctor Hugo Morales Zapata aparece cargando sobre sus hombros, casi en solitario, el manejo de todos los hilos. La crónica de su paso por la función pública está llena de vaivenes.
Por sus inconfesos desabridos judiciales, antes de las elecciones, convino repudiarlo y don Luis Guillermo Solís le pidió que renunciara a una curul del partido de los “inmaculados”. Claro, era un repudio “electoral”, un acto más de campaña.
Asumida la magistratura, fue abrazado como delfín en la troika del gabinete de cocina presidencial. Ahora es esquineado, otra vez, porque de nuevo conviene demonizarlo para evitar el contagio.
Delfín presidencial. Múltiples personeros atestiguan que siempre se creyó que el diputado Morales Zapata actuaba en nombre y con conocimiento del “de arriba”. Existía presunción pública y notoria de su estatus de delfín presidencial. Por eso una referencia oblicua bastaba para que todos entendieran. Su credibilidad se asentaba en el ascendiente que le había conferido la alta investidura de su padrinazgo, que ni oyó, ni vio, ni habló y, mucho menos, preguntó qué estaba haciendo en su nombre.
Ahora, el mejor amigo, ya no tiene amigos. No le conviene tenerlos. Pero las huellas de su favorito siguen estampadas en múltiples iniciativas de la administración.
Este multifacético escándalo no podía llegar en peor momento. Apatía y desencanto florecen en la antesala de las elecciones. Se anuncian fantasías de ciencia ficción, entre metros urbanos y transporte totalmente eléctrico, ambas en las calendas griegas. Pero eso ya no mueve a nadie. Son tan evidentes los problemas que más de un comentarista se atreve, y con razón, a levantar una lista taxativa de mínimos de ofertas de campaña.
Si el qué hacer está claro, el cómo hacerlo es alambicado para una ciudadanía de a pie, que difícilmente se orienta entre los complejos tecnicismos que envuelven cada solución.
Don Luis Guillermo sabía eso y no se desveló, hace cuatro años, con esas nimiedades. Su bandera del cambio venía abstracta y sin contenido sustancial, en rutas de alegría cargadas de simbolismos fatuos, como la transparencia sin ramas que ocultaran la casa de cristal. Se vendió como coca-cola y como coca-cola se compró. Ninguna sorpresa que también gobernara, después, con pura efervescencia.
Nubes negras. El tibio horizonte de febrero llega cargado de nubes negras. La desilusión de un cambio significativo en el gobierno de los “inmaculados” puede tener consecuencias aciagas. De más está advertir contra los populismos a una población decepcionada que tiene el dedo pulgar para castigar su desencanto, porque se vota con el corazón o con el hígado, no con la razón.
Por eso, para entender la cercanía del precipicio al que nos acercamos, lo más pertinente es medir la evolución reciente del ánimo de los electores. En Costa Rica, el apoyo a la democracia no es el mismo de antes. El 38 % de la ciudadanía dejó de considerar que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Ya antes del caso del cemento chino, el 79 % de la población consideraba que se gobernaba en beneficio de unos pocos grupos poderosos y, como consecuencia, solo un 25 % tiene confianza en el gobierno (Latinobarómetro, 2017). El año pasado, al 46 % no le importaba el autoritarismo, si con ello se resuelven los problemas, y el 78 % quería un gobierno de mano dura (Latinobarómetro, 2016).
Estamos saliendo de un populismo benigno, salvado apenas por la pericia administrativa de doña Ana Helena y la prudente experiencia de don Helio. El perjuicio mayor de esta administración fue el costo de oportunidad, dejar en suspenso los principales problemas, patear el tarro y la pérdida generalizada de credibilidad.
Si unimos los puntos aislados de esa conciencia colectiva, el dibujo resultante nos muestra un conglomerado social crecientemente insatisfecho con el desempeño de su democracia. Es una situación volátil que se perfila emocionalmente proclive al caos, porque, a lo lejos, pero más cerca de lo deseado, se escuchan los trinos reverberantes de una flauta populista embrujada de anatemas tan huecos como los fuegos fatuos en que caímos en el 2014.
Voz lejana. Se fue acallando la voz del Savonarola criollo que clamaba que con Costa Rica no se juega, y atrás quedaron sus cruzadas, sepultadas en una sordina de distante rutina. El costarricense quedó hastiado de ser gobernado con mano displicente y eso refuerza peligrosamente el mal reflejo de buscar mano dura.
El debilitamiento de las identidades partidarias deja al electorado ante la disyuntiva de escoger entre malo conocido y peor por conocer.
Puede salvar el día el peso mayoritario en las urnas de una población madura porque, según el Estado de la Nación 2017, las personas entre 30 y 59 años serán el 54 % del total de los votantes. Sin vacuna probada contra el populismo, ese segmento etario es menos proclive a dejarse conducir en un avión sin piloto.
La autora es catedrática de la UNED.
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