
Cuando, el 9 de enero de 1993, Jean Claude Romand le destrozó el cráneo a su esposa con un rodillo de cocina y mató con un rifle a sus hijos de 7 y 5 años, para luego trasladarse a la casa de sus padres y hacer lo mismo con ellos, quiso así evitar que se enteraran de que él era un fraude y que desde 1976 los había engañado a todos.
Para quien vive de la mentira, al punto de que esta es la base misma sobre la que se ha construido su identidad, la verdad es una amenaza tan aterradora que incluso el más atroz de los crímenes puede parecer preferible a enfrentarla.
Su familia, amigos y todo su entorno social en el pequeño municipio francés próximo a la frontera con Suiza donde vivían, creían que se trataba de un prestigioso médico e investigador de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo cierto es que el día que debía hacer el examen para ingresar al segundo año de carrera, no se presentó. Tampoco se justificó, ni lo contó a sus seres queridos, ni aprovechó nuevas ocasiones para hacerlo. Simplemente, dijo que lo aprobó y, a partir de ese momento, fingió por casi dos décadas ser, primero, estudiante de Medicina; luego, practicante y, finalmente, alto funcionario internacional en Ginebra.
El pánico a decepcionar, la obsesiva necesidad de agradar, el profundo deseo de reconocimiento y su absoluta incapacidad para afrontar el conflicto lo llevan de aquella primera mentira trivial a sucesivos engaños que lo encierran cada vez más en una ficción de la que ya no puede salir, porque detrás del personaje del doctor Romand no hay nada; no hay nadie.
Más que un mentiroso (que lo fue desde niño) pasó a ser un impostor. Una fachada sin interioridad, cuya vida, sin duda, estará marcada permanentemente por la angustia de ser descubierto, pero, como advierte Roland Breeur, también por una placentera sensación de poder sobre los demás.
Durante esos años, se casa con Florence y tienen dos chiquitos, con quienes cultiva una amorosa vida familiar. Paralelamente, ordeña las cuentas bancarias de sus padres y estafa vilmente a sus familiares y a los de su esposa con el timo de que invertía sus ahorros en mecanismos de alta rentabilidad a los que tenía acceso privilegiado por su trabajo en la OMS.
Solo la admiración y confianza total de la que gozaba entre los suyos explica que, por años, no se le pidieran cuentas de dichas inversiones que, en realidad, no existían: todo el dinero se iba en los gastos de la vida acomodada de la familia Romand. Al fin de cuentas, el impostor es un Tartufo, un hongo subterráneo, oculto. Un parásito.
Si bien es difícil pensar la vida social, en cualquier momento histórico, sin un grado de impostura, los incentivos para desarrollarla son mucho mayores desde mediados del siglo XX, con el desarrollo de los medios de masas y del mercado de la publicidad: uno de los grandes temas de la afamada serie de televisión Mad Men, cuyo protagonista, Don Draper –aparte de crear ilusiones profesionalmente y de vivir en una sociedad que asfixia a sus miembros dentro de ellas– es, en sí mismo, una ficción construida por él.

En la misma línea, la sátira de Woody Allen, Zelig –falso documental, en pleno reaganismo, sobre un camaleón humano–, o el trabajo del psicoanalista Roland Gori –para quien la sociedad actual, caracterizada por la evaluación permanente, la normalización del simulacro y la promoción de la propia identidad como bien de mercado, produce impostores de manera estructural–. Romand, en ese tanto, más que una anomalía, es un caso extremo de una patología contemporánea.
Tras un fallido supuesto intento de suicidio, en el que habría hecho lo propio para quemarse en su casa con los cadáveres de su mujer e hijos, Romand sobrevivió y enfrentó un juicio, durante el cual un grupo católico de visitadores de presos lo acogió y acompañó su radical conversión religiosa, al cabo de la cual se transformó en un preso modélico y, por las madrugadas en su celda, en un fiel intercesor (de hecho, a su salida de prisión en 2019, se fue a vivir a una abadía del siglo XI).
A los psiquiatras que lo examinaron no los convence: “Al personaje del investigador respetado, lo suplanta el no menos gratificante de gran criminal de camino a la redención mística. La novela narcisista continúa en la cárcel, lo que permite a su protagonista evitar una vez más la depresión masiva con la que ha jugado al escondite toda su vida”.
Más dura fue la periodista Martine Servandoni. Asqueada al ver cómo ahora todo el mundo le prestaba a Romand la atención que siempre había deseado (a la fecha, hay libros y películas sobre él), dijo que la única salida positiva que veía para una “basura abúlica” así, era “que tomase conciencia realmente de lo que había hecho y que, en lugar de lloriquear arrepentimientos, se hundiera en la profunda depresión que durante toda su vida se las había arreglado para esquivar. Únicamente a ese precio había una posibilidad de que, un día, pudiese acceder a algo que no fuera una mentira, una huida más de la realidad. Y lo peor que podría sucederle era que unos meapilas le tendiesen en bandeja un nuevo personaje que interpretar, el de gran pecador que expía sus culpas rezando rosarios”.
A Romand, por lo menos, hay que agradecerle el silencio con el que nos ha ahorrado el desagrado de escucharlo pontificar sobre el sentido de la vida. Pero nuestras sociedades están llenas de sepulcros blanqueados que han hecho de la predicación de la virtud el incienso para disimular sus miasmas interiores.
Inmortalizados literariamente en el clérigo Fermín de Pas, de La Regenta, nunca faltan “macarras de la moral” en las organizaciones religiosas y cada vez más en la política, dispuestos a disfrazar sus ambiciones y odio de celo por los valores morales. Algo especialmente acentuado en el campo de la sexualidad, en el que la represión de sus propios impulsos suelen canalizarla en fervor puritano contra las mujeres que no se someten al imperativo patriarcal y contra los grupos de diversidad sexual. Paladines de la familia tradicional que, cuando no están acosando subalternas, están esparciendo su simiente por la faz de la tierra.
Cada vez coincido más con Serrat en que “si no fueran tan temibles, nos darían risa” y “si no fueran tan dañinos, nos darían lástima”, porque, aunque esa mezcla de soberbia religiosa con indigencia moral –que les hace imaginarse capaces de sosegar placas tectónicas cuando no pueden ni controlar su propia entrepierna– sea patética, el daño que están haciendo a nuestras democracias, tanto en regresión de derechos como en retrocesos en educación sexual, es terrible.
Por eso, si no tienen el coraje de asumir la verdad, reconocer lo que son y enfrentar sus responsabilidades judiciales, deberíamos al menos negarnos a seguir siendo imbéciles espectadores pasivos de su farsa.
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Gustavo Román Jacobo es abogado.